¿En qué cree el cardenal Ravasi?

(, Tradicion Digital)El encuentro que se ha tenido en Asís, el 5 y 6 de octubre, ¿ha sido un verdadero diálogo entre creyentes y no creyentes, como decía el programa, o una serie de monólogos entre no creyentes, sin la presencia de alguien que profesara íntegramente la Verdad católica? Las repercusiones mediáticas del acontecimiento nos hacen pensar en ello, pero también – nos duele decirlo – la fisonomía cultural de quien ha sido protagonista indiscutible del encuentro. ¿En qué cree Su Eminencia el cardenal Gianfranco Ravasi? Limitémonos al prefacio que recientemente ha escrito para La vida de Antonio Fogazzaro (Morcelliana, Brescia 2011) de Tommaso Gallarati Scotti (1878-1940).

Se trata de una obra incluida entonces en el Índice de Libros Prohibidos (Decr. S. Off. 9 diciembre 1920), dedicada a un autor que, a su vez, fue repetidamente incluido en el Índice (Decretos del 5 de abril de 1906 y del 8 de mayo de 1911, por sus novelas Leila y El Santo), como lo fue el escritor vicentino Antonio Fogazzaro (1842-1911). Dos modernistas, Fogazzaro y Gallarati Scotti, cuyos nombres se unen en el prefacio del cardenal Ravasi a los de otros modernistas tristemente célebres, como George Tyrrell, Alfred Loisy, Romolo Murri, Ernesto Buonaiuti, todos excomulgados y todos recordados por el cardenal con estas palabras: “A estos se unió Antonio Fogazzaro, heredero de la tradición católico-liberal e intérprete de los fermentos que se estaban desarrollando entonces en la sociedad y en la cultura” (Prefacio, p. 6).

Ni una palabra de reserva sobre tales autores, ni una palabra de aprecio sobre el papa san Pío X, que condenó sus errores. Fogazzaro, «figura de intensa fe y pasión eclesial que, como es sabido, se encontró inmerso en aquel flujo religioso y cultural, ora ardiente, ora turbulento, que se conoce con el nombre de modernismo», fue objeto, según el cardenal Ravasi de una «prevaricación» de parte de las autoridades eclesiásticas; prevaricación «más modesta, pero no por ello menos sanguinaria» (Prefacio, p. 5), que los grandes pecados cometidos por la Iglesia durante su historia.

En esta perspectiva de «purificación de la memoria», Fogazzaro y Gallarati Scotti son para Ravasi dos «personalidades extraordinarias», que merecen ser recordadas por «echar luz sobre nuestro presente eclesial y social, bastante más modesto pero marcado por analogías con aquel glorioso pasado» (Prefacio, p. 8). El «glorioso pasado» al que se refiere el cardenal no es, vale la pena subrayarlo, el gran Magisterio de san Pío X, sino exactamente aquel modernismo que el mismo san Pío X definía «síntesis de todas las herejías» (Pascendi dominici gregis, Cantagalli, Siena 2007, pp. 94-98).

Vale la pena recordar que el Antonio Fogazzaro, que el cardenal Ravasi presenta como modelo de fe para el siglo XXI,  fue, según su mismo biógrafo Gallarati Scotti, un ardiente seguidor de Charles Darwin y del cientifismo de finales del ochocientos. «Le parecía que la teoría de la evolución respondía mejor cada vez a las íntimas exigencias de su espíritu místico» y «su pecho se hinchaba de una exultante alegría, como por una revelación de Dios en la naturaleza» (La vita di Antonio Fogazzaro, p. 173).

Por lo demás, ¿qué otra cosa era el modernismo sino evolucionismo religioso o, como diríamos hoy, “teo-evolucionaimsdo”? Gallarati Scotti nos dice que Fogazzaro «no escondía su ilimitada devoción por Giorgio Tyrrell» (La vita di Antonio Fogazzaro, p. 375) en el que veía «un nuevo condottiero de almas» (ivi, p. 322). «Comprendió que él dejaría un gran surco en su tiempo: que era de la misma madera de aquellos que marcan con una marca indeleble la vida religiosa de un siglo. Sobre todo lo vio más cercano a él en la preocupación central de la vida católica y tomó al místico inglés como inspirador y maestro de quien estaba para mandar  en el mundo con el título de Santo» (ivi).

Considerado el teólogo príncipe de los modernistas, Tyrrell reducía la fe a una experiencia de lo divino que se realiza en la conciencia de cada uno y a través de la praxis litúrgica (Lex orandi) pretendía transformar la verdad dogmática de la Iglesia (Lex credendi), disolviéndola en una «iglesia del espíritu». Tyrrell pretendía permanecer dentro de la Compañía de Jesús y de la Iglesia, para realizar la reforma modernista desde dentro, pero fue expulsado de los jesuitas en 1906 y excomulgado el 22 de octubre de 1907. Murió el 15 de julio de 1909, sin habese reconciliado con la Iglesia y privado de sepultura religiosa.

Sobre las prácticas espiritistas y las frecuentaciones ocultistas de Fogazzaro es más discreto Gallarati Scotti. Un joven estudiosa, Adela Cerreta, ha dedicado a este tema un reciente volumen (Los orígenes esotéricos del modernismo. Padre Gioacchino Ambrosini y la teología modernista, Solfanelli, Chieti 2012) en el que, utilizando los estudios del padre jesuita Gioacchino Ambrosini (1857-1923), repasa las relaciones entre el modernismo y el gnosticismo en Fogazzaro, subrayando la analogía de sus tesis con las de la  Teosofía, la secta fundada por la condesa ucraniana Elena Blavatsky y difundida por la feminista inglesa Annie Besant con el fin de crear una sincrética hermandad universal. Hay que añadir que el discurso de Piero Maironi, protagonista de Il Santo, resume con exactitud las  doctrinas de Andrzej Towianski, un visionario polaco que profetizaba una religión del  espíritu opuesta a la del dogma. En un reciente congreso celebrado en diciembre de 2011 en Vicenza, Laura Wittman de la Stanford University, ha ofrecido en su relación (Fogazzaro entre ocultismo y modernismo) una ulterior confirmación de la dimensión gnóstica y esotérica de la obra de Fogazzaro.

La palabra clave de Fogazzaro es  aquella de «purificar la fede» de las incrustaciones dogmáticas y litúrgicas acumuladas a lo largo de los siglos. Como Tyrrell, escribe Gallarati Scotti, él «quería a toda costa que la Iglesia se hiciera cada vez más apta para responder a aquellas necesidades del espíritu que cambian en la forma, pero que permanecen idénticas en la sustancia» (La vita di Antonio Fogazzaro, p. 322). «La aspiración a la renovación de la Iglesia, al encuentro entre cultura y fe, a la elaboración de un pensamiento y de una praxis pastoral más en sintonía con los tiempos, aun en la fidelidad a sus matrices – confirma el cardenal Ravasi –, había alimentado toda su existencia y la de su gran amigo Tommaso Gallarati Scotti» (Prefacio, p. 6).

Sería faltar a la mente dialéctica e inasible del cardenal Ravasi, si lo quisiéramos encerrar en el recinto de un vetero-modernismo fogazzariano. Ravasi conoce la nouvelle théologie y la teología de la secularización, está fascinado por el pensiero debole y por el Qohelet hebreo, dialoga con los no creyentes, sin poder ser definido él mismo un creyente. El Presidente del Consejo Pontificio de la Cultura puede ser contando entre los “creyentes non-creyentes”, categoría que él mismo explica con las palabras del teólogo francés Claude Geffré: «Desde un plano objetivo es evidentemente imposible hablar de una no creencia en la fe. Pero desde el plano existencial se puede llegar a discernir una simultaneidad de fe y no creencia» (La flor del diálogo, en El Atrio de los Gentiles. Creyentes y no creyentes frente al mundo de hoy, Donzelli, Roma 2011, p. 8).

¿En qué cree entonces el cardenal Ravasi? Ciertamente en la propia capacidad de unir los contrarios, de intentar despreocupadas síntesis intelectuales, de decir y no decir, dejando entender a quien quiere entender. Pero ¿qué tiene que ver todo esto con la plenitud y la integridad de la fe católica, la gloria de Dios y la salvación de las almas? Se lo preguntamos rendidamente, con todo el respeto que se debe a quien continúa siendo un príncipe de la Iglesia y un sucesor de los apóstoles.

Original en Corrispondenza Romana.

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