Por qué el Concilio Vaticano II no condenó el comunismo

() Como todos los acontecimientos históricos, también el Concilio Vaticano II ha tenido sus sombras y sus luces. Dado que en estos días se evocan sobre todo las luces, permítaseme recordar una vasta zona de sombra: la fallida condena del  comunismo. Eran los años ’60 y aleteaba un nuevo espíritu de optimismo encarnado por Juan XXIII, el «Papa bueno», Nikita Kruscev, el comunista de rostro humano, y John Kennedy, el héroe de la «nueva frontera» americana. Pero eran también los años en los que se levantaba el muro de Berlín (1961) y los soviéticos instalaban sus misiles en Cuba (1962). El imperialismo comunista constituía una macroscópica realidad que el Concilio Vaticano II, el primer «concilio pastoral» de la historia, iniciado en Roma el 11 octubre de 1962 y clausurado el 8 de diciembre de 1965, no habría podido ignorar.

En el Concilio hubo un encuentro entre dos minorías: una pedía renovar la condena del comunismo, la otra exigía una línea «dialógica» y abierta a la modernidad, de la que el comunismo parecía expresión. Una petición de condena del comunismo, presentada el 9 de octubre del 65 por 454 Padres conciliares de 86 países, ni siquiera fue transmitida a las Comisiones que estaban trabajando sobre el esquema, provocando con ello el escándalo.

Hoy sabemos que, en agosto del 62, en la ciudad francesa de Metz, se había llegado a un acuerdo secreto entre el cardenal Tisserant, representante del Vaticano, y el nuevo arzobispo ortodoxo de Yaroslav, monseñor Nicodemo, el cual, como se ha documentado tras la apertura de los archivos de Moscú, era un agente de la KGB. Sobre la base de este acuerdo las autoridades eclesiásticas se comprometieron a no hablar del comunismo en el Concilio. Esta fue la condición que pidió el Kremlin para autorizar la participación de observadores del Patriarcado de Moscú en el Concilio Vaticano II. (Véase: Jean Madiran, L’accordo di Metz, Il Borghese, Roma 2011). Un apunte de mano de Pablo VI, conservado en el Archivo Secreto Vaticano, confirma la existencia de este acuerdo, como lo he documentado en  mi libro Il Concilio Vaticano II. Una storia non scritta (Lindau, 2010). Otros documentos interesantes han sido publicados por George Weigel en el segundo volumen de su imponente biografía de Juan Pablo II (L’inizio e la fine, Cantagalli, 2012). De hecho, Weigel ha consultado fuentes como los archivos de la KGB, del Sluzba Bezpieczenstewa (SB) polaco y de la Stasi de Alemania del Este, extrayendo documentos que confirman cómo los gobiernos comunistas y los servicios secretos de los países orientales penetraron en el Vaticano para favorecer sus intereses e infiltrarse en las más altas esferas de la jerarquía católica. En Roma, en los años del Concilio y del postconcilio, el Colegio Húngaro se convirtió en una filial de los servicios secretos de Budapest. Todos los rectores del Colegio, desde 1965 a 1987, escribe Weigel, debían ser agentes adiestrados y capaces, con competencia en las operaciones de desinformación y en la instalación de micrófonos espías. El SB polaco, según el estudioso americano, trató incluso de falsificar la discusión del Concilio sobre puntos peculiares de la teología católica, como el papel de María en la historia de la salvación. El director del IV Departamento, el coronel Stanislaw Morawski, trabajó con una  docena de colaboradores expertos en mariología preparando una pro-memoria para los obispos del Concilio, en la que se criticaba la concepción «maximalista» de la Bienaventurada Virgen María que tenían el cardenal Wyszynski y otros prelados.

La constitución Gaudium et Spes, décimo sexto y último documento promulgado por el Concilio Vaticano II, quiso ser una definición completamente nueva de las relaciones entre la Iglesia y el mundo. En ella, sin embargo, faltaba cualquier forma de condena del  comunismo. La Gaudium et Spes buscaba el diálogo con el mundo moderno, convencida de que el itinerario recorrido por él, desde el humanismo y el protestantismo, hasta la Revolución francesa y el marxismo, fuera un proceso irreversible. El pensamiento marxista-ilustrado y la sociedad de consumo por él alimentada estaban en vísperas de una profunda crisis, que manifestaría los primeros síntomas de allí a pocos años, en la Revolución del 68. Los Padres conciliares podrían haber realizado un gesto profético desafiando la modernidad en vez de abrazar su cuerpo en descomposición, como sucedió.  Pero hoy nos preguntamos: ¿Eran profetas quienes denunciaban la brutal opresión del comunismo en el Concilio, reclamando su solemne condena, o quienes sostenían, como los artífices de la Ostpolitik, que convenía llegar a un compromiso con la Rusia soviética, porque el comunismo interpretaba las ansias de justicia de la humanidad y sobreviviría al menos uno o dos siglos mejorando el mundo?

El Concilio Vaticano II, ha afirmado recientemente el cardenal Walter Brandmüller, presidente emérito del Pontificio Comité para las Ciencias Históricas, «habría escrito una página gloriosa si, siguiendo las huellas de Pío XII, hubiera encontrado el coraje para pronunciar una repetida y expresa condena del comunismo». Sin embargo, esto no sucedió y los historiadores tendrán que anotar como una imperdonable omisión la fallida condena del comunismo de parte de un Concilio que pretendía ocuparse de los problemas del mundo contemporáneo.

© Copyright Roberto de Mattei. Il Giornale, 9 octubre 2012

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