La Divina Providencia no quebrará nunca

(di , Traditiondigital) “La Divina Providencia no quebrará nunca”. Esta frase de San José Cottolengo concluía mi editorial de la revista “Raíces Cristianas” de noviembre de 2008, en el cual comentaba la oleada tumultuosa de la crisis financiera que empezaba a sumergir a Europa. Desde ese momento, la tempestad se ha agrandado, hasta convertirse en un verdadero tsunami. Nunca como hoy la sentencia de Cottolengo resulta actual, y lo será aún más en los tiempos difíciles y confusos que nos esperan.

Las causas más inmediatas de la crisis económica ―la que más directamente nos afecta― son el desarreglado proceso de globalización puesto en marcha en los años Noventa por el OMC (Organización Mundial del Comercio) y la precipitada implantación del euro, la moneda única, que comenzó a circular en Europa exactamente hace diez años. Pero existen otras causas más remotas y profundas que se remontan mas allá de la ciencia económica, y de todas las otras disciplinas humanas, de los principios religiosos y morales que deberían regir el mundo. Hoy, la crisis de la economía va acompañada de la crisis de la política y de la moral, y todas estas convulsiones tienen un origen metafísico. El mundo se ha alejado de Dios y el Señor ha abandonado al mundo a sí mismo.

Se ha organizado la vida de tal manera que Dios está ausente de todo y en el centro de todo está el hombre. La consecuencia de esta inversión de planos ha sido una total disgregación del sistema social. Una sociedad desprovista de sus fundamentos divinos y naturales está abocada a hundirse en el caos, que corresponde a la falta de toda regla estable que debe presidir toda forma de convivencia civil. Existe una única filosofía social que tiene su modelo en la constitución de la familia natural, fundada en el matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer, y que se alimenta de las palabras de vida sobrenatural del Evangelio. Hoy, el orden que brota de la naturaleza humana y de las enseñanzas del Redentor ha sido sistemáticamente invertido, empezando por la economía. El ahorro, sobre el cual antaño se fundamentaba la sociedad, ha sido sustituido por el endeudamiento, que es el nuevo horizonte de quien brega sin lograr recoger los frutos de su propio trabajo.

La propiedad privada está penalizada hasta el punto de convertirse en un lujo imposible. La familia ya no está protegida, sino perseguida por los Estados, que le oponen modelos viciosos, como las uniones homosexuales, mientras que los defensores de la moral son tratados como criminales. Se ahoga el futuro de los pueblos antes de nacer, a través de la práctica asesina del aborto legalizado. Los nacimientos, que son la riqueza de las naciones, caen en picado en todo Occidente, incluso gracias a la propagación de las convivencias prematrimoniales y de las prácticas contraceptivas. Los jóvenes, sometidos a un interminable aprendizaje escolar y universitario, son catapultados a un mercado de trabajo que les reserva desilusiones y paro, mientras que la sociedad los expropia de toda esperanza de futuro. Los ideales de belleza, de pureza, de honestidad, son sustituidos por los de la búsqueda del placer y del éxito material. En ese teatro de las miserias y de las mentiras que es nuestra época, gana quien consigue afirmarse utilizando todos los medios y una exhibición descarada.

Al relativismo moral se corresponde el relativismo religioso, disfrazado de ecumenismo. Como consecuencia de esta predicación irenista, la fe cristiana se vuelve tibia y se expande una resignación derrotista frente al Islam que avanza en Europa con la actitud del conquistador. En este horizonte confuso y nauseabundo, que oprime el corazón y ofusca la mente, cuando quien debería hablar calla y quien debería callar nos inunda de palabras inútiles, mientras todo parece perdido, el alma despojada de toda ayuda, levanta los ojos hacia el Señor y, con inmensa confianza, se dirige a la Divina Providencia.

En última instancia, la Divina Providencia es el orden del universo creado: orden en la Iglesia, en la sociedad, en la familia, en la vida personal. Cuando la vida de los hombres y de los pueblos se desarrolla de modo ordenado, todo procede de forma armoniosa y productiva. No hay tensiones sociales ni confusión de ideas ni incertidumbre sobre el futuro. El orden requiere la unidad de las partes, es decir, su convergencia hacia un bien común, que es también una verdad común. Y en el universo no hay verdad, absoluta o relativa, fuera de la de Jesucristo, el Hijo de Dio y Dios Él mismo, hecho hombre para redimir, mediante la gracia sobrenatural, al mundo sumergido en el pecado. Quien, en sus elecciones públicas o privadas, rechaza a nivel de principio, o ignora en los hechos, la existencia del pecado, del que derivan todos los males del universo, y la necesidad de la Gracia para vencer el mal, anda a tientas en la oscuridad. Si los “profesores” que nos gobiernan, analfabetos en temas de religión y de moral, pretenden resolver los problemas a los que se enfrentan y pretenden hacerlo prescindiendo de la Ley del Evangelio entonces están abocados al fracaso más humillante. Hemos vistos muchos fracasos en las últimas décadas y otros tantos veremos en el futuro. De hecho, terribles son las palabras del Profeta: “¡Maldito quien confía en el hombre y se apoya en los mortales, apartando su corazón del Señor! Será como un cardo en la estepa (…) pues habita en un desierto abrasado, en tierra salobre y despoblada” (Jeremías 17, 5-6).

Ni los políticos ni los economistas son capaces de prever qué ocurrirá, y de su incapacidad de previsión deriva también su imposibilidad de encontrar soluciones para resolver la crisis. Hoy la elección que se nos presenta es radical: la Divina Providencia o el caos. La Providencia posee un poder ilimitado: todo está sometido a su dominio y Ella puede proveer a todas nuestras necesidades, espirituales y materiales. Por lo que nos concierne, intentemos enderezar lo que está torcido, empezando con devolver a Dios su primado social. Las palabras del Evangelio son infalibles: “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura” (Mateo 6, 33). Dios cuida de los intereses de los que le sirven, y sólo quien se aleja de Él tiene que preocuparse por su propio futuro, tanto en el tiempo como en la eternidad.

Nada es irreversible en la historia, excepto la Voluntad de Dios. Nuestro último recurso es la Divina Providencia que no nos engaña y no nos abandona nunca, porque Ella es Dios mismo, considerado en sus relaciones con las criaturas. Nos reconocemos criaturas, sacadas de la nada, sin alguna evolución, en todo dependientes de Dios. La Divina Providencia, que es Amor, nos asiste y nos guía irreversiblemente hacia nuestro fin. Solo esto nos basta.

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