Nuestro puesto en el campo de batalla - Corrispondenza romana
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Nuestro puesto en el campo de batalla

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(Roberto de Mattei, Adelante la Fe – 12 noviembre 2020) Un conocido verso de la comedia de Shakespeare Como gustéis reza: «El mundo entero es un escenario en el cual hombres y mujeres no son sino meros actores» (acto III, escena VII). La frase es sabia, pero podríamos decir con más precisión: «El mundo entero es un campo de batalla, y hombres y mujeres están metidos de lleno en esta guerra».

Acaban de concluir las elecciones en EE.UU. Pero ¿de verdad han concluido? Oficialmente, el presidente en funciones hasta el 20 de enero es Donald Trump, que no ha reconocido la victoria de su adversario, considerado ya nuevo presidente por los medios de difusión. ¿Qué pasará de aquí al 20 de enero? Más allá de la batalla judicial en marcha, Estados Unidos está escindido en dos mitades en el terreno político, las cuales se han convertido en dos cosmovisiones entre las cuales parece muy difícil llegar a un acuerdo. Los resultados electorales probablemente han sido favorables a Biden, pero Trump se muestra más sólido y Biden más débil de lo que todos esperaban. El sistema político de los EE.UU., considerado modélico desde que Alexis de Tocqueville escribió en 1831 La democracia en América, se muestra hoy en toda su fragilidad, y la guerra civil varias veces pronosticada por el historiador británico Neil Ferguson, resulta menos improbable de lo que pudiera parecer.

Ahora bien, de la posibilidad de una guerra civil tampoco se libra Europa. Desde Niza a Viena, las calles y plazas del Viejo Continente son escenario de un conflicto religioso que de repente podría desatarse en las barriadas de las grandes ciudades, conforme a la dramática situación descrita por el periodista Laurent Obertone en su novela Guerilla : le temps des barbares (Ring, París 2019). Junto a la guerra asimétrica que podría ser provocada por una repentina revuelta de las zonas marginales urbanas, los analistas prevén igualmente el retorno de conflictos simétricos, con la posibilidad de contiendas entre estados. Por ejemplo, las relaciones del gobierno de París con la Turquía de Erdogan son cada vez más conflictivas, y también con la China, sobre todo después de lo que sucedió en Nueva Caledonia: en el referéndum secesionista del pasado 4 de octubre la población votó a favor de seguir siendo francesa, rechazando con ello entrar en la órbita china. Pero la China comunista no renuncia a su expansionismo en el Pacífico, del mismo modo que se podría beneficiar de la caótica situación de Estados Unidos para intentar invadir, si no todo el territorio de Taiwán, al menos algunas islas que dependen de este país. ¿Cómo responderían Joe Biden o Donald Trump?

Pero el mundo también está en guerra con un enemigo invisible que apareció a principios de este año. Se trata de una guerra biológica que afecta a las que ya se libran en los terrenos político, cultural y religioso. La pandemia del coronavirus está desestabilizando a Occidente y podría ocasionar su colapso social. Por otra parte, parece que en vez de intentar comprender los designios de Dios en la Historia, el papa Francisco quisiera acelerar la catástrofe apelando a un mundo utópico desprovisto de identidad religiosa y raíces nacionales que supondría la desaparición de la civilización occidental y cristiana.


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¿Estamos en vísperas de una guerra total? ¿Cuál es nuestro puesto en este campo de batalla? La respuesta es simple. Nuestro puesto de combate es aquel que nos atribuye en este momento a cada uno la Divina Providencia. «Sufficit diei malitia sua», (Mt. 6,34), a cada día le basta su propia pena, porque cada día exige una penosa lucha contra nosotros mismos, el demonio y el mundo, con la gracia de Dios que siempre nos asiste.

En este momento combatir significa por tanto cumplir el propio deber y aceptar valientemente las dificultades de cada jornada en la situación histórica concreta en que Dios nos quiere. Hay tentaciones de desear un puesto en la batalla que no sea aquel en que nos encontramos y rebelarse contra lo que sucede en vez de ver en ello la mano sabia de Dios que todo lo ordena a un buen fin, incluido el mal que nos asalta a nosotros y a toda la sociedad.  No nos dejemos arrollar por el tumultuoso río de los acontecimientos; al contrario, anclémonos en la roca de la divina Sabiduría que juzga las cosas del mundo a la luz de la eternidad, dejando que desaparezcan las olas que se desatan furiosas mientras Dios, la Roca eterna, permanece inmutable y siempre es. El P. Francesco Pollien dice: «Saber aceptar lo que hace Dios, los sucesos que dispone, lo que nos pasa cada día, convencidos de que todo procede de su mano, es una ciencia dulce para el corazón generoso y una ciencia oculta para el corazón egoísta» (Cristianesimo vissuto, Ediciones Fiducia, Roma 2017, p. 115).

Mantengamos nuestra posición en el frente de batalla y combatamos generosamente, sin rabia ni rencor, empapándonos de la infinita dulzura de la divina promesa de Fátima: «Al fin, mi Corazón Inmaculado triunfará».


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