Mons. Schneider: El sentido de lo sobrenatural en la sociedad secularizada - Corrispondenza romana
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Mons. Schneider: El sentido de lo sobrenatural en la sociedad secularizada

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(Mons. Athanasius Schneider, Adelante la Fe – 13 octubre 2020) Conferencia de S. E. monseñor Athanasius Schneider, obispo auxiliar de Astaná (Kazajistán) en la sede de la Fundación Lepanto en Roma el 16 de septiembre de 2020.

Roberto de Mattei: Excelencia, monseñores, reverendos sacerdotes, estimados amigos: esta es la primera conferencia que se pronuncia en nuestra sede de plaza Santa Balbina, digo primera en la época del coronavirus. Es una gran alegría y un honor para nosotros que podamos inaugurar este nuevo ciclo de conferencias con S.E. monseñor Athanasius Schneider, obispo auxiliar de Astaná, a quien todos ustedes conocen. Es un obispo al que todos apreciamos por el valor y la coherencia de los que da ejemplo a todo el mundo. En los primeros siglos de la Iglesia, ante las persecuciones del Imperio Romano, impío y pagano, los cristianos cumplían las leyes del Estado, pagaban sus impuestos, hacían el servicio militar, pero de vez en cuando hacían objeción de conciencia cuando las leyes y disposiciones contravenían directamente con los principios del derecho divino o el derecho natural, en particular la veneración de algún ídolo. Es lo mismo para nosotros hoy en día: respetamos las leyes del Estado siempre y cuando no den lugar a objeciones de conciencia porque contravengan la ley divina, natural y eclesiástica. En ese caso, hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Ahora bien, en todo lo que no afecte en ese sentido nos atenemos a las leyes del Estado. En este caso, a las disposiciones que se han dado en materia de salud, y que procuramos cumplir. Esta es una postura equilibrada pero combativa aunque no derrotista con la que nos proponemos avanzar nutriendo sobre todo la vida sobrenatural y espiritual. Por eso, será un placer para nosotros escuchar las palabras de monseñor Schneider, que nos hablará de este tema: el espíritu, el sentido de lo sobrenatural en una sociedad secularizada. Gracias una vez más, excelencia, por estar entre nosotros. Les aviso que, a diferencia de otras conferencias anteriores, no habrá preguntas al final. Concluiremos con las palabras de monseñor Schneider y con una oración. Gracias, y le cedo la palabra.

Monseñor Schneider: Gracias, estimado profesor Roberto de Mattei por la invitación para hablar. Saludo también a los estimados sacerdotes y hermanos en Cristo. Me gustaría hablar en concreto del tema de la pérdida del sentido de lo sobrenatural en una sociedad secularizada. En un texto cristiano del siglo II, leemos: «Lo que es el alma al cuerpo, eso son los cristianos en el mundo. El alma está esparcida por todos los miembros del cuerpo; cristianos hay por todas las ciudades del mundo. Habita el alma en el cuerpo, pero no proviene del cuerpo; los cristianos habitan en el mundo, pero no son del mundo. La carne aborrece y combate el alma, sin haber recibido agravio alguno de ella, porque no le deja gozar de los placeres; a los cristianos los aborrece el mundo, sin haber recibido agravio de ellos, porque renuncian a los placeres [ilícitos]. El alma ama la carne y a los miembros que la aborrecen, y los cristianos aman también a los que los odian. El alma está encerrada en el cuerpo, pero ella es la que mantiene unido al cuerpo; así los cristianos están presos en el mundo, pero son ellos los que mantienen la trabazón del mundo. El alma inmortal habita en una tienda mortal; así los cristianos viven como de paso en moradas corruptibles, mientras esperan la incorrupción en los cielos. El alma, maltratada en comidas y bebidas, se mejora; lo mismo los cristianos, amenazados de muerte cada día, se multiplican más y más. Tal es el puesto que Dios les señaló, y no les es lícito desertar de él» (Hasta aquí la cita de la Epístola a Diogneto).

En el siglo XX, la pérdida del sentido de lo sobrenatural y el espíritu decididamente anticristiano alcanzaron su culmen en primer lugar por medio de la revolución comunista de Rusia en 1917, la cual, hasta comienzos de los años noventa del siglo pasado subyugó políticamente a la mayor parte de la humanidad. Tras el desmoronamiento del imperio comunista soviético en el bloque oriental, la revolución comunista se transmutó como un camaleón del color rojo al verde de la ecología y de su agenda ideológica, llegando en nuestros días a la fase preliminar de una especie de dictadura mundial so pretexto de seguridad sanitaria con señales de opresión intransigente de toda la población mundial, de una forma de esclavitud de masas, cuya marca visible es la mascarilla. Da la impresión de que la sociedad actual ha proclamado Dios al cuerpo y a la salud corporal. Éste es su dios: sólo el cuerpo y la salud del cuerpo. Se trata de una señal inequívoca de la pérdida del sentido de lo sobrenatural. El cardenal Pie, obispo de Poitiers, gran obispo contrarrevolucionario de la Francia decimonónica, señaló: «El error dominante, el crimen capital de este siglo [el XIX], es la pretensión de arrebatar la sociedad al gobierno y la ley de Dios». ¿Qué nos diría hoy?


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Ningún hombre es llamado a vivir en un estado puramente natural, porque todos son llamados a un fin sobrenatural. No sólo se nos ha llamado a ser todos hermanos de carne y sangre del viejo Adán, en la hermandad universal de la carne y la sangre del viejo Adán; se nos llamado a ser hermanos en Cristo Jesús, único Salvador. Ésta es una única hermandad verdadera. Todos somos hermanos en Cristo solamente. Según el Nuevo Adán, no el viejo Adán como hermanos todos en la carne y la sangre.

Es a esta sobrenatural y suprema al que está ordenada la humanidad desde el día de la creación. Y después de la Caída, es guiada a este fin por el Salvador, que se ofreció como víctima por la salvación de todos los hombres. Santo Tomás de Aquino dijo: «Bonum gratis omnis homini magnus est bono naturae totius universi». El mínimo grado de gracia santificante en un alma, por ejemplo en la de un niño pequeño después de bautizarse, vale más que el bien natural del universo entero. Vale más que toda la ecología.

Blas Pascal nos muestra la incomparable diferencia entre el orden puramente natural y el sobrenatural. Cito un fragmento de sus Pensamientos: «Hay quienes sólo saben admirar las grandezas según la carne como si no las hubiera espirituales, y otros que admiran sólo las espirituales como si no las hubiese infinitamente más altas en la sabiduría. Todos los cuerpos, el firmamento, las estrellas, la Tierra y sus reinos, no valen tanto como el menor de los espíritus, porque él conoce todo eso y a sí mismo, mientras que los cuerpos no conocen nada. Todos los cuerpos juntos, y todos los espíritus reunidos y todas sus obras no valen tanto como el más mínimo acto de caridad sobrenatural. Ésta pertenece a un orden infinitamente más elevado: la caridad sobrenatural.» Esto dijo Blas Pascal.


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El hombre fue creado con este fin: alabar al Señor, honrarlo y servirle según la voluntad divina, y salvar así su alma, porque todo en ese mundo no tiene otra razón de ser que ayudar al hombre a alcanzar este fin, que por lo tanto debe dejar de lado la prosperidad de la vida presente si sólo la puede obtener perdiendo su alma. Es necesario que la vida presente sea una preparación para la vida futura. Es necesario subordinar los bienes temporales a los eternos, y por tanto que la potencia que preside las cosas temporales se subordine a la superior, a la que Dios ha encomendado, con la promesa de asistirla perpetuamente, la misión de procurar el fin eterno. Ahora bien, los liberales han expuesto los principios inmorales de la revolución francesa. Dice el cardenal Louis Billot, el célebre cardenal jesuita: «Es el principio revolucionario por excelencia, es lo que educación revolucionaria de los conservadores en 1848 llama la secularización de la sociedad». Secularizar la sociedad supone la ruptura con la Iglesia y la ruptura con Jesucristo como Dios. Secularizar la sociedad.

Según el cardenal Louis Billot, el liberalismo, ya sea individual o social, es un error en la fe, porque aspira a emancipar de Dios al hombre y a la sociedad, como si Dios no existiera, basándose en el acto de la voluntad humana como valor infinito y absoluto. Pero, dice el cardenal Billot que «el principio fundamental del liberalismo es absurdo y contradictorio. En realidad, la libertad absoluta no puede ser, como dicen los liberales, un fin último, porque es una facultad o potencia para actuar con miras a un fin. Así pues, la libertad es un medio para alcanzar un fin. La libertad, además, debe tener sus límites y no puede ser absoluta como enseña la escuela liberal. En realidad no existe crimen o delito en que la libertad no se deteriore si está mal empleada. Es preciso, por tanto, contenerla con frenos potentes y eficaces para que no se precipite por un barranco. Pero si se admite el principio fundamental del liberalismo y se niega esta conclusión, se caerá inevitablemente en uno de estos dos absurdos: o se pretenderá que la libertad es infalible y no puede incurrir en el menor defecto, o se tendrá que reconocer que la libertad puede fallar pero que eso es un bien y el uso de la libertad deficiente habrá de ser no obstante respetado, lo cual es pura locura, delirio», dice monseñor Billot.

Pretender que el fin de la ciudad [la sociedad] y el de la religión sean divergentes, pretender que los poderes encargados de regular la consecución de uno y otro fin estén separados significa implícitamente negar la unidad del principio del mundo y afirmar que hay un creador de las cosas espirituales y otro creador de las temporales, de las naturales. Que existe un Dios que dirige al hombre hacia la vida civil y natural y otro Dios que lo dirige a la vida religiosa. En resumidas cuentas, que hay que enfrentar como los maniqueos, como los gnósticos, principios contrarios entre sí.


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Juan Donoso Cortés, el valeroso cristiano español del siglo XIX, hombre de lúcido espíritu apologético, nos dejó las siguientes reflexiones, que siguen teniendo vigencia, sobre el peligro de la pérdida del sentido de lo sobrenatural en la sociedad moderna:

«La diferencia entre el dogma purísimo conservado en la teología católica y el dogma alterado por las tradiciones humanas está en la manera de llegar a esa transformación suprema [la vida sobrenatural] y de alcanzar ese fin soberano. El ángel de las tinieblas no engañó a nuestros primeros padres cuando afirmó que llegarían a ser a manera de dioses; el engaño estuvo en ocultarles el camino sobrenatural del amor y en abrirles el camino natural de la desobediencia. El error de las teologías paganas no está en afirmar que la divinidad y la humanidad se juntarán en uno; está en que los paganos vinieron a considerar como cuasi de todo punto idénticas la naturaleza divina y la naturaleza humana, mientras que el catolicismo, considerándolas como esencialmente distintas, va a la unidad por la deificación sobrenatural del hombre. Aquella superstición pagana está patente en los honores deíficos tributados a la Tierra». A la madre Tierra. Qué interesante. Dice Donoso Cortés: «Honores tributados a la madre Tierra». Hoy diríamos a la Pachamama. Es verdad. Continúa Donoso Cortés.

«Honores tributados a la Tierra en calidad de madre inmortal y fecunda de sus dioses, y a varias de las criaturas, que confundieron con los dioses mismos. Por último, la diferencia entre el panteísmo y el catolicismo no está en que el uno afirme y el otro niegue la deificación del hombre; está en que el panteísmo sostiene que el hombre es Dios por su naturaleza, mientras que el cristianismo afirma que puede llegar a serlo sobrenaturalmente por la gracia; está en que el panteísmo enseña que hombre, parte del conjunto que es Dios, es absorbido completamente por el conjunto del que forma parte, mientras que el catolicismo enseña que el hombre, aun después de deificado, es decir, después de penetrado por la sustancia divina», por la gracia, por la filiación divina, «conserva todavía la individualidad inviolable de su propia sustancia». Así dice Cortés.

Cita después el Evangelio de San Juan: «”Ego veni in nomini Patris mei, et non accipitis me; si alius venerit in nomine suo, illum accipietis” (Jn.5,43). En estas palabras está anunciado el triunfo natural del error sobre la verdad, del mal sobre el bien. En ellas está el secreto del olvido en que tenían puesto a Dios todas las gentes, de la propagación asombrosa de las supersticiones paganas, de las hondas tinieblas tendidas por el mundo, así como el anuncio de las futuras crecientes de los errores humanos, de la futura disminución de la verdad entre los hombres, de las tribulaciones de la Iglesia, de las persecuciones de los justos, de las victorias de los sofistas, de la popularidad de los blasfemos. En aquellas palabras está como encerrada la historia, con todos los escándalos, con todas las herejías, con todas las revoluciones. En ellas se nos declara por qué, puesto entre Barrabás y Jesús, el pueblo judío condena a Jesús y escoge a Barrabás; por qué, puesto hoy el mundo entre la teología católica y la socialista, escoge la socialista y deja la católica; por qué las discusiones humanas van a parar a la negación de lo evidente y a la proclamación de lo absurdo. En esas palabras, verdaderamente maravillosas, está el secreto de todo lo que nuestros padres vieron, de todo lo que verán nuestros hijos, de todo lo que vemos nosotros; no, ninguno puede ir al Hijo, es decir a la verdad, si su Padre no le llama; palabras profundísimas que atestiguan a un tiempo la omnipotencia de Dios y la impotencia radical, invencible, del género humano».

»Entre las sociedades antiguas y las sociedades católicas, todo bien considerado, no hay otra diferencia sino la que resulta de estar las unas compuestas de católicos y las otras de paganos; de estar las unas compuestas de hombres movidos por sus impulsos naturales y las otras de hombres que, muertos más menos completamente a su naturaleza propia, obedecen más o menos cumplidamente al impulso sobrenatural y divino de la gracia. Esto sirve para explicar la distancia que hay entre las instituciones políticas y sociales de las sociedades antiguas y las que han brotado como de suyo y espontáneamente en las sociedades modernas; como quiera que las instituciones son la expresión social de las ideas comunes, las ideas comunes el resultado colectivo de las ideas individuales, las ideas individuales la forma intelectual de la manera de ser y de sentir del hombre, y que el hombre pagano y el hombre católico dejaron de ser y de sentir de la misma manera, siendo el uno el representante de la humanidad prevaricadora y desheredada, y el otro el representante de la humanidad redimida. Las instituciones antiguas y las modernas no son la expresión de dos sociedades diferentes sino porque son la expresión de dos diferentes humanidades [o sea, la sociedad pagana y la católica]. Por eso, cuando las sociedades católicas prevarican y caen, sucede que luego al punto el paganismo hace irrupción en ellas, y que las ideas, las costumbres, las instituciones y las sociedades mismas tornan a ser paganas».

Estas palabras fueron pronunciadas en el siglo XIX. Son de viva actualidad. Prosigue Cortés:

«Al ponerse en contacto con [el catolicismo] la sociedad romana, sin dejar de ser romana como antes, fue algo que antes no había sido: fue católica. Los pueblos germánicos, sin dejar de ser germánicos como antes, fueron algo que antes no habían sido: fueron católicos. Las instituciones políticas y sociales, sin perder la naturaleza que les era propia, tomaron una naturaleza que les era extraña: la naturaleza católica. Y el catolicismo no era una vana forma, porque no dio a ninguna institución forma alguna; era, por el contrario, algo de íntimo y de esencial, y por esto les dio a todas algo de esencial y de íntimo. El catolicismo dejaba las formas y mudaba las esencias, y al mismo tiempo que dejaba en pie todas las formas y mudaba todas las esencias [los romanos siguieron siendo romanos y los germanos germanos], conservaba íntegra su esencia y recibía de la sociedad todas sus formas. La Iglesia fue feudal, como el feudalismo fue católico. Pero la Iglesia no recibía el equivalente de lo que daba, como quiera que recibía algo que era puramente exterior y que había de pasar como un accidente, mientras que daba algo de interior y de íntimo, que había de permanecer como una esencia.

»La civilización europea no se llamó germánica, ni romana ni absolutista ni feudal; se llamó y se llama civilización católica. […] El paganismo antiguo va rodando de abismo en abismo, de sofista en sofista y de tirano en tirano, hasta caer en la mano de Calígula, monstruo horrendo y afrentoso con formas humanas, con ardores insensatos y con apetitos bestiales. [En la Revolución Francesa,] el moderno comienza por adorarse a sí propio [en Notre Dame de París] en una prostituta [viva], para derribarse a los pies de Marat, el tirano cínico y sangriento, y a los de Robespierre, encarnación suprema de la vanidad humana con sus instintos inexorables y feroces. [Se arroja a los pies de estos monstruos.] El [paganismo] novísimo va a caer en un abismo más hondo y más oscuro; tal vez se remueve ya en el cieno de las cloacas sociales el que ha de ajustar a su cerviz el yugo de sus impúdicas y feroces insolencias».

Palabras pronunciadas en el siglo XIX. Hasta aquí la cita de Juan Donoso Cortés.

El nuevo paganismo de la sociedad que se revuelca en el fango de la indecible enormidad de la perversidad moral se manifiesta hoy en día en la pérdida del sentido de lo sobrenatural, es decir, de la influencia de la verdadera fa católica y de la realeza social de Cristo. Esa perversidad moral ha llegado incluso a introducirse en parte en la vida de la Iglesia. Es más, es elogiada públicamente. Perversidades morales elogiadas nada menos que por representantes del alto clero. La sociedad actual, enemiga declarada de lo verdaderamente sobrenatural, se acerca además hoy a la práctica del canibalismo. Es cierto, del canibalismo, por medio del proyecto de inmunización obligatoria con vacunas producidas con elementos tomados del cuerpo de niños asesinados en el seno materno. De niños que actualmente pueden ser asesinados legalmente en Francia, en Europa, aun en el noveno mes de embarazo. O sea, justo antes del momento de nacer. Por ejemplo, gracias a una ley recientemente aprobada en Francia durante la llamada emergencia del covid-19. Canibalismo. Introducción de sustancias en un cuerpo humano en el propio cuerpo. Tenemos que denunciarlo como el canibalismo que es.

Hace ya más de cien años, el papa León XIII dio el siguiente diagnóstico sobre el peligroso estado de la salud espiritual de la sociedad del siglo XIX y ofreció como remedio a la pérdida del sentido de lo sobrenatural la restauración del espíritu del Evangelio tanto en la vida privada como en la pública. Voy a citar la encíclica Sapientiae christiane, de 1890:

«La misma condición de los tiempos aconseja buscar el remedio donde conviene, que no es otro sino restituir a su vigor, así en la vida privada como en todos los sectores de la vida social, la norma de sentir y obrar cristianamente, única y excelente manera de extirpar los males presentes. […] Cada día se deja sentir más y más la necesidad de recordar los preceptos de cristiana sabiduría, para en todo conformar a ellos la vida, costumbres e instituciones de los pueblos. Porque, postergados estos preceptos, se ha seguido tal diluvio de males, que ningún hombre cuerdo puede, sin angustiosa preocupación, sobrellevar los actuales ni contemplar sin pavor los que están por venir. Y a la verdad, en lo tocante a los bienes del cuerpo y exteriores al hombre, se ha progresado bastante; pero cuanto cae bajo la acción de los sentidos, la robustez de fuerzas, la abundancia grande de riquezas, si bien proporcionan comodidades, aumentando las delicias de la vida, de ningún modo satisfacen al alma, creada para cosas más altas y nobles. Tener la mirada puesta en Dios y dirigirse a Él, es la ley suprema de la vida del hombre». De todos los hombres. «El cual, creado a imagen y semejanza de su Hacedor, por su propia naturaleza es poderosamente estimulado a poseerlo». A poseerlo mediante la gracia sobrenatural, no mediante la naturaleza.

«Pero a Dios no se acerca el hombre por movimiento corporal, sino por la inteligencia y la voluntad, que son movimientos del alma». Del orden sobrenatural. «Porque Dios es la primera y suma verdad; es asimismo la santidad perfecta y el bien sumo, al cual la voluntad solo puede aspirar y acercarse guiada por la virtud» y por la gracia. Y lo que se dice de los individuos se ha de entender también de la sociedad, ya sea doméstica o civil. Porque la sociedad no ha sido instituida por la naturaleza para que la busque el hombre como fin, sino para que en ella y por ella posea medios eficaces para su propia perfección. Si, pues, alguna sociedad, fuera de las ventajas materiales y progreso social, con exquisita profusión y gusto procurados, ningún otro fin se propusiera; si en el gobierno de los pueblos menosprecia a Dios y para nada se cuida de las leyes morales, se desvía lastimosamente del fin que su naturaleza misma le prescribe, mereciendo, no ya el concepto de comunidad o reunión de hombres, sino más bien el de engañosa imitación y simulacro de sociedad.»

Dice León XIII que si no aspira al fin sobrenatural también el gobierno es un simulacro de sociedad. Sigo citando a León XIII:

«Ahora bien: el esplendor de aquellos bienes del alma, antes mencionados, los cuales principalmente se encuentran en la práctica de la verdadera religión…» La verdadera religión, la católica; en modo alguno la pluralidad de las religiones. «…Y en la observancia fiel de los preceptos cristianos, vemos que cada día se eclipsa más en los ánimos por el olvido o menosprecio de los hombres, de tal manera que, cuanto mayor sea el aumento en lo que a los bienes del cuerpo se refiere, tanto más caminan hacia el ocaso los que pertenecen al alma.» Y la vida sobrenatural. Se escribió en el siglo XIX. « De cómo se ha disminuído o debilitado la fe cristiana, son prueba eficaz los insultos con que a vista de todos se injuria con desusada frecuencia a la religión católica: injurias que en otra época, cuando la religión estaba en auge, de ningún modo se hubieran tolerado. Por esta causa es increíble la asombrosa multitud de hombres que ponen en peligro su eterna salvación; los pueblos mismos y los reinos no pueden por mucho tiempo conservarse incólumes, porque con la ruina de las instituciones y costumbres cristianas, menester es que se destruyan los fundamentos que sirven de base a la sociedad humana. Se fía la paz pública y la conservación del orden a la sola fuerza material, pero la fuerza, sin la salvaguardia de la religión, es por extremo débil: a propósito para engendrar la esclavitud más bien que la obediencia, lleva en sí misma los gérmenes de grandes perturbaciones. Y tanto más se ha de vituperar la desidia de los cristianos cuanto que se puede desvanecer las falsas acusaciones y refutar las opiniones erróneas, ordinariamente con poco trabajo; y, con alguno mayor, siempre. Finalmente, a todos es dado oponer y mostrar aquella fortaleza que es propia de los cristianos, y con la cual no raras veces se quebrantan los bríos de los adversarios y se desbaratan sus planes. Fuera de que el cristiano ha nacido para la lucha, y cuanto ésta es más encarnizada, tanto con el auxilio de Dios es más segura la victoria. “Confiad: yo he vencido al mundo” (Jn.16,33). Y no oponga nadie que Jesucristo, conservador y defensor de la Iglesia, de ningún modo necesita del auxilio humano porque, no por falta de fuerza, sino por la grandeza de su voluntad, quiere que pongamos alguna cooperación para obtener v alcanzar los frutos cada vez mayores de la salvación que Él nos ha conquistado. Lo primero que ese deber nos impone es profesar abierta y constantemente la doctrina católica y propagarla, cada uno según sus fuerzas. Por lo demás, acuérdese cada uno de que puede y debe sembrar la fe católica con la autoridad del ejemplo, y predicarla profesándola con tesón. Por consiguiente, entre los deberes que nos juntan con Dios y con la Iglesia se ha de contar, entre los principales, el que cada uno, por todos los medios, procure defender las verdades cristianas y refutar los errores.»

León XIII nos ha hablado a nosotros hoy con palabras plenas de actualidad. Véase el clamoroso contraste entre el realista análisis que acabamos de oír con el estado de la salud espiritual del mundo moderno de fines del siglo XIX que hizo el papa León XIII y el análisis que hizo el papa Juan XXIII a principios de los años sesenta del siglo XX, a pesar del hecho innegable de que la sociedad moderna había alcanzado en tiempos de Juan XXIII un nivel de inmoralidad y de incredulidad en una proporción más elevada con respecto a la situación que había en tiempos de León XIII.

La descripción de la sociedad moderna que hizo Juan XXIII parece hoy en retrospectiva muy ingenua y falta de verdadero realismo cristiano. Cito ahora el análisis que hizo Juan XXIII de nuestro tiempo: «Nos parece justo disentir de tales profetas de calamidades, avezados a anunciar siempre infaustos acontecimientos, como si el fin de los tiempos estuviese inminente». Pero acusa a su predecesor León XIII y acusa a sus predecesores de ser profetas de calamidades. El comentario es mío; sigo citando a Juan XXIII: «Ya los hombres, aun por sí solos, están propensos a condenar» los errores. ¿Por sí solos? Qué curioso. ¿Cuándo se ha visto que el hombre moderno rechace espontáneamente las doctrinas falsas? Repito lo que dijo Juan XXIII: «Ya los hombres, aun por sí solos, están propensos a condenar» los errores que «se hallan tan en evidente contradicción con la recta norma de la honestidad, Cada día se convencen más de que la dignidad de la persona humana, así como su perfección natural. Es asunto de suma importancia». Repito: la perfección natural del hombre es asunto de suma importancia». Hasta aquí la cita de Juan XXIII en el discurso de apertura del Concilio Vaticano II.

Escuchemos una vez más a León XIII, que sería un profeta de calamidades, y que manifiesta el realismo cristiano de todos los tiempos, el realismo de nuestro Divino Salvador, de los Apóstoles y de los Padres de la Iglesia. Realismo que en todo momento tiene presente las palabras divinamente inspiradas que dicen: «Esta es la hora postrera, y como habéis oído que está para llegar el Anticristo, os digo ahora que muchos se han hecho anticristos, por lo cual conocemos que ésta es la hora postrera ». 1ª epístola del apóstol San Juan 2,18. Poco después, el mismo apóstol dice: «Sabemos que somos de Dios, mientras que el mundo todo está bajo el maligno». El papa León XIII nos sigue exhortando hoy con las palabras que cito a continuación, de la misma encíclica Sapientiae christianae:

«La Iglesia ha recibido de Dios el encargo de oponerse cuando las leyes civiles se oponen a la religión, y de procurar diligentemente que el espíritu de la legislación evangélica vivifique las leyes e instituciones de los pueblos. Algunos dicen que no conviene hacer frente al descubierto a la impiedad fuerte y pujante, no sea que la lucha exaspere los ánimos de los enemigos. Cuanto a quienes así hablan, no se sabe si están en favor de la Iglesia o en contra de ella; pues, aunque dicen que son católicos, querrían que la Iglesia dejara que se propagasen impunemente ciertas maneras de opinar, de que ella disiente. Llevan los tales a mal la ruina de la fe y la corrupción de las costumbres; pero nada hacen para poner remedio, antes con su excesiva indulgencia y disimulo perjudicial acrecientan no pocas veces el mal. Esos mismos no quieren que nadie ponga en duda su afecto a la Santa Sede; pero nunca les faltan pretextos para indignarse contra el Sumo Pontífice. La prudencia de esos tales la califica el apóstol San Pablo de “sabiduría de la carne y muerte” del alma, porque ni está ni puede estar sujeta a la ley de Dios. Y en verdad que no hay cosa menos conducente para disminuir los males. Porque los enemigos, según que muchos de ellos confiesan públicamente y aun se glorían de ello, se han propuesto a todo trance destruir hasta los cimientos, si fuese posible, de la religión católica, que es la única verdadera. Con tal intento no hay nada a que no se atrevan, porque conocen bien que cuanto más se amedrente el valor de los buenos tanto más desembarazado hallarán el camino para sus perversos designios. Y así, los que tan bien hallados están con la prudencia de la carne…» Lo que hoy sería políticamente correcto, o eclesiásticamente correcto.

Sigo con León XIII: «Los que tan bien hallados están con la prudencia de la carne y fingen no saber que todo cristiano Y así, los que tan bien hallados están con la prudencia de la carne; los que fingen no saber que todo cristiano está obligado a ser buen soldado de Cristo; los que pretenden llegar, por caminos muy llanos y sin exponerse a los azares del combate, a conseguir el premio debido a los vencedores, tan lejos están de atajar los pasos a los malos que más bien les dejan expedito el camino. Dios nunca ni por nada abandona a su Iglesia.» Estas son palabras de consuelo y aliento para nosotros. «Por lo cual nada tiene ésta que temer de la maldad de los hombres. Pero no puede prometerse igual seguridad las naciones cuando van degenerando de la virtud cristiana. «El pecado hace desgraciados a los pueblos. Y si en todo el tiempo pasado se ha verificado rigurosamente la verdad de ese dicho, ¿por qué motivo no se ha de experimentar también en nuestro siglo? Antes bien, que ya está cerca el día del merecido castigo». El castigo divino se acerca. Palabras pronunciadas en 1890. Por un profeta de calamidades, ¿no?, «que ya está cerca el día del merecido castigo, lo hace pensar, entre otros indicios, la condición misma de los Estados modernos, a muchos de los cuales vemos consumidos por disensiones y a ninguno que goce de completa y tranquila seguridad. Y si los malos con sus insidias continúan audaces por el camino emprendido, si llegan a hacerse fuertes en riquezas y en poder, como lo son en malas artes y peores intentos, razón habría para temer que acabasen por demoler, desde los cimientos, puestos por la naturaleza, todo el edificio social. Ni ese tan grave riesgo se puede alejar sólo con medios humanos, cuando vemos ser tantos los hombres que, abandonada la fe cristiana, pagan el justo castigo de su soberbia con que, obcecados por las pasiones, buscan inútilmente la verdad, abrazando lo falso por lo verdadero, y se tienen a sí mismos por sabios, cuando llaman “bien al mal y al mal bien, como luz a las tinieblas y tinieblas a la luz”. Es, pues, necesario que Dios ponga en este negocio su mano, y que, acordándose de su benignidad, se digne volver los ojos a la sociedad civil de los hombres.

»Para lo cual, según otras veces os hemos exhortado, se debe procurar con singular empeño y constancia aplacar con humildes oraciones la divina clemencia, y hacer que florezcan de nuevo las virtudes que forman la esencia de la vida cristiana.»

Para concluir, escuchemos la voz del papa Pío X, más próximo a nosotros que León XIII, una voz tan realista y actual que nos libera de la ilusión de un nuevo pentecostés, de una primavera de la Iglesia y de un mundo supuestamente favorable al Evangelio. Que nos libera de una ilusión que impera precisamente en la Iglesia desde los tiempos de Juan XXIII. Dice Pío X, con estas palabras, con las que deseo terminar: «Recurrir a Dios, infinitamente bueno, es tanto más necesario cuanto más lejos está de aplacarse la lucha, se acentúa en continua expansión. En realidad, ya no hay forma de hacerse ilusiones. Han declarado la guerra a todo lo que es sobrenatural, porque detrás de lo sobrenatural se encuentra a Dios. A Cristo. Y lo que quieren borrar de la mente y el corazón del hombre es Dios. La lucha será feroz e implacable por parte de quienes la capitanean. Mientras combatimos, se esperan pruebas más duras de las que hemos conocido hasta ahora. Y hasta es probable que la sabiduría nos pida a cada uno que nos preparemos. Lo hará de un modo muy simple, y tan valerosamente que no importa lo violenta que sea la batalla. Al final, la victoria será vuestra. Y para recordar al mundo el nombre del Dueño de todo…» Que Dios es el Dueño de todo. «que el hombre deba preocuparse aquí abajo por cosas superiores a las de las contingencias pasajeras de esta vida natural la gloria suprema, la gloria intocable del alma humana en este mundo consiste en haber cumplido de modo sobrenatural, cueste lo que cueste, para cumplir el deber que nos ha impuesto Dios, y honrarle, servirle y amarle a Él».

Gracias por su atención.