Meditación sobre la Dolorosa - Corrispondenza romana
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Meditación sobre la Dolorosa

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(Roberto de Mattei, Adelante la Fe – 25 septiembre 2020) El 15 de septiembre la Iglesia celebró la fiesta litúrgica de Nuestra Señora de los Dolores. El dolor no es atributo accidental de la Virgen, sino que se podría decir que es constitutivo, porque si Jesús es llamado Vir dolorum, Varón de Dolores, según las palabras del profeta Isaías (53, 3), a Nuestra Señora se la podría calificar de Mulier dolorum, Señora de los Dolores, Mater dolorosa.

Jesucristo, Dios-hombre, es llamado rey de los dolores y de los mártires porque en su vida padeció más que todos los otros mártires. Su dolor no fue mayor que el de cada mártir individualmente, sino del conjunto de todos los mártires que ha habido a lo largo de la historia. María, criatura sencilla, sufrió más de lo que haya sufrido ninguna criatura. Tan inmenso dolor le fue profetizado por Simeón, que le dijo: «Una espada atravesará tu alma» (Lc.2,34-35). La espada del dolor traspasó a María durante toda la vida, pero alcanzó su culminación en el Calvario. Según Santo Tomás, la presencia de María en la Pasión fue el mayor de todos los dolores (Suma teológica, III, q. 46, a. 6).

Los dolores de Jesús fueron físicos y morales. El dolor de María no fue físico sino moral, y no se limitó al momento de la Pasión. Cuando el arcángel Gabriel le anunció que concebiría al Salvador, le hizo entender con antelación cuáles y cuántas serían las penalidades que aguardaban a su divino Hijo. Ésa fue la causa más honda de su dolor. De hecho, si es cierto que los padres sienten los dolores de los hijos más que los propios, lo mismo se puede decir ante todo de María, pues cierto es que amaba intensamente al Hijo, más que a Sí misma. Por eso su martirio moral duró toda la vida, desde Nazaret hasta el Gólgota. Dice San Alfonso que María pasó la vida en un dolor continuo, siempre con tristeza y padecimientos en el corazón. A la Virgen se le aplican las palabras de Jeremías: «Tu quebranto es grande como el mar» (Lam.2,13).

Jesús sufrió en el alma y el cuerpo; María sólo en el alma. Pero el alma es más noble que el cuerpo, al cual da vida, y no se puede comparar el dolor del alma con el del cuerpo.


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Los católicos devotos meditan sobre la Pasión del Señor, figurándose ante sus ojos los padecimientos de Jesús en el Calvario. Pero pocos meditan sobre los dolores de María, que según la tradición fueron siete: la profecía de Simeón, la huida a Egipto, el Niño Jesús perdido en el Templo, el encuentro de María con Jesús camino de la muerte, la muerte de Jesús, la lanzada y posterior descendimiento de la Cruz, y el entierro de Jesús. Jamás podremos tener un dolor como el del Sábado Santo, día del supremo dolor y la suprema esperanza.

Uno de los motivos por los que se medita poco en los dolores de la Virgen es que tenemos mucha sensibilidad a los dolores corporales, pero cuesta entender lo grandes que pueden llegar a ser los sufrimientos del alma. La insensibilidad ante el dolor moral tiene también su origen en la menguada capacidad para amar de los hombres de nuestros tiempos. De hecho, el dolor del hombre se mide por el amor. La razón es clara: como dice San Alfonso citando a San Bernardo, «está más el alma donde vive que donde ama». Se podría decir que quien no sufre no ama.

Por tal razón, el atroz dolor que padeció el alma de la Virgen brotaba de su ilimitado amor por su divino Hijo, pero también de su inmenso amor a la Iglesia y a cada uno de nosotros. María sufría porque nos amaba. Por eso, en un momento en que la Iglesia atraviesa un proceso de impresionante autodestrucción debemos pedir la gracia de amar a la Iglesia y sufrir con ella. Quien ama a la Iglesia sufre con Ella; quien no sufre con la Iglesia demuestra que no la ama.


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Sufrir con María por la Iglesia significa también combatir para defender el nombre de María y el de la Iglesia en la hora de la humillación y la traición. La devoción a la dolorosa nos dispone a recibir esta gracia.