Los obispos Strickland, Schneider y Viganó: algunas cuestiones fundamentales

I vescovi Strickland, Schneider e Viganò. Alcuni punti fermi (1° parte)
FONTE IMMAGINI: Messainlatino.it (https://blog.messainlatino.it/)
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Por Roberto de Mattei

El pasado 11 de noviembre la Santa Sede dio a conocer que el Papa ha destituido del gobierno pastoral de la diócesis de Tyler, en EE.UU., a monseñor Joseph E. Strickland, y nombrado al obispo de Austin, monseñor Joe Vásquez, administrador apostólico de la sede que ha quedado vacante. El principal motivo sería la falta de comunión con los otros prelados de Estados Unidos. Es decir, que si a la Santa Sede le ha parecido divisiva la actitud de monseñor Strickland es porque el obispo de Tyler tiene el gran mérito de no haber permanecido callado ante la profunda crisis que atraviesa la Iglesia. No ha sido un perro mudo incapaz de ladrar como aquellos pastores infieles de los que hablan las Sagradas Escrituras (Isaías 56,11).

Pocos días antes de su destitución, monseñor Strickland había recibido una invitación para dimitir, como ya es habitual. Por considerar injusta su destitución, el obispo estadounidense se ha negado a dejar el cargo. Estaba en su derecho, y hace bien en ejercerlo. Lo mismo hizo el venerable József Mindszety (1892-1975), que en 1973 fue depuesto de su cargo de cardenal primado de Hungría por negarse a aceptar la Ostpolitik de Pablo VI.

Eso sí, Strickland ha reconocido la autoridad del papa Francisco y no ha querido hacer caso de los consejos de los conservadores y tradicionalistas de EE.UU. que lo instaban a rebelarse contra la decisión del Sumo Pontífice. Esos malos consejeros demuestran desconocer el artículo de fe proclamado por el Concilio Vaticano I que reza: «El sucesor del bienaventurado San Pedro tiene  plena potestad de apacentar, regir y gobernar a la Iglesia universal (…) no sólo en las materias que atañen a la fe y a las costumbres, sino también en lo que pertenece a la disciplina y régimen de la Iglesia» (Denzinger, 3059-3063).

El Canon 331 del Código de Derecho Canónico actualmente vigente afirma, en coherencia con el dogma de fe proclamado por el Concilio Vaticano I, que el Papa tiene «en virtud de su función, potestad ordinaria, que es suprema, plena, inmediata y universal en la Iglesia, y que puede siempre ejercer libremente». Asimismo, el apartado 3 del canon 333 determina que «no cabe apelación ni recurso contra una sentencia o un decreto del Romano Pontífice».

La autoridad pontificia está limitada naturalmente por la ley divina y natural. En caso de que el Papa impusiera una obligación que contrariase dicha ley, la resistencia sería obligada en virtud del principio que impone obedecer a Dios antes que a los hombres (V. Hechos 5,29). Pero cuando el Papa toma decisiones relativas a la disciplina y el gobierno de la Iglesia sin transgredir directamente la ley divina y natural, lo obligatorio no es resistirse sino obedecer, aunque su mandato sea o parezca injusto.

Si bien no se le puede negar al Sumo Pontífice la autoridad para destituir a un prelado por las razones que considere oportunas, nadie puede privar a los fieles, sean sacerdotes o laicos, el derecho que tienen en cuanto seres racionales antes que como bautizados a preguntarse incluso públicamente los motivos de la destitución. Conforme a la teología católica y el derecho canónico, monseñor Strickland ha resumido su postura con una acertada fórmula: «Aunque el Papa tiene autoridad para destituirme, sigo siendo obispo, sucesor de los apóstoles». Con estas palabras, Strickland demuestra que conoce bien la tradicional distinción entre la potestad jurisdiccional, que es la autoridad para gobernar la Iglesia, y la potestad de orden, que faculta para proporcionar los medios por los que se administra la gracia divina. Lo que ha venido a decir en sustancia monseñor Strickland es: el papa Francisco me puede quitar el cargo pero no mi condición sacramental de obispo. Esto quiere decir que, por ser sucesor de los apóstoles, Strickland no se jubilará y seguirá proclamando la verdad del Evangelio.

Monseñor Athanasius Schneider, obispo auxiliar de Astaná, es una de las personalidades eclesiásticas más autorizadas que han comentado el caso Strickland. Reproducimos la parte central de su declaración: «Todo el mundo entiende, incluidos los enemigos declarados de este obispo confesor, que las acusaciones contra él presentadas carecen de todo fundamento y son desproporcionadas, y que no han sido sino un pretexto muy oportuno para silenciar a una incómoda voz profética dentro de la Iglesia. (…) Ojalá el sacrificio que ha pedido el Señor a monseñor Strickland rinda numerosos frutos espirituales en el tiempo y en la eternidad».

La línea que sigue monseñor Schneider no es diferente de la de Strickland: reconocimiento de la autoridad pontificia, denuncia de la injusticia y recurso a la oración. El pasado 20 de septiembre, distanciándose de cierto sedevacantismo cada vez más difundido, Schneider declaró: «No hay autoridad que pueda declarar ni considerar inválido a un pontífice elegido y generalmente aceptado como tal. La práctica constante de la Iglesia deja bien claro que incluso en el caso de que una elección no sea válida queda corregida por la aceptación general del nuevo elegido por parte de la mayoría absoluta de los cardenales y obispos. Aun en el caso de un papa hereje, no perdería automáticamente el cargo ni existe órgano alguno en la Iglesia que pueda deponerlo por hereje».

Monseñor Schneider se atiene a las enseñanzas de San Alfonso María Ligorio, el cardenal Billot y la escuela teológica romana, según las cuales quien es aceptado por toda la Iglesia como papa es el verdadero pontífice, ya que de adherirse a un papa falso, toda la Iglesia abrazaría una falsa regla de fe.

Estas enseñanzas no las comparte el arzobispo Carlo Maria Viganò, que hace poco ha criticado a este respecto a monseñor Schneider. Desde fines de 2020, los observadores más atentos han advertido cómo el ex nuncio en los Estados Unidos se ha ido escorando hacia posiciones cada vez más radicales. En una conferencia publicada el pasado 1º de octubre expuso su postura, explicando su convicción de que el papa Francisco ha perdido el pontificado por  vicio de consenso  al aceptar la elección. El vicio de consenso consistiría en haber aceptado exteriormente la elección pero sin intención de ser el Vicario de Cristo y fomentar el bien de la Iglesia, y no debería por tanto ser reconocido como legítimo pontífice. Monseñor Viganò recalcó su tesis en un posteo en Twitter el pasado 17 de noviembre, en el que afirmó que «una serie ininterrumpida y coherente de actos claramente contrarios al propósito por el cual existe el Papado demuestra, no la falibilidad humana del Papa en las decisiones gubernamentales (en las que no está infaliblemente asistido por el Espíritu Santo y, por lo tanto, puede equivocarse), sino la determinación de utilizar la autoridad papal y el poder que de ella se deriva con fines subversivos; esto socava la autoridad misma no sólo en los actos individuales, sino en su conjunto, porque revela la mente de Bergoglio y su incompatibilidad con la función que desempeña (…)  Es precisamente este devastador proceso revolucionario, con su fatal desenlace en Bergoglio, lo que conservadores como monseñor Schneider no quieren admitir, también porque implicaría en la responsabilidad de la situación actual a todos los Papas que lo alentaron y determinaron sus premisas. De esto no se deduzca que comparto las opiniones de los sedevacantistas».

¿El arzobispo Viganò sostiene que Jorga Mario Bergoglio no es papa, y sin embargo no se considera sedevacantista? Su postura no es burda como la Alessandro Minutella ni fantasiosa como la Andrea Cionci, pero aun así no es del todo original. El tema amerita más profundización por amor a la Iglesia en estos momentos de confusión. (Continuará.)

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