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Los nuevos horizontes del parlamento italiano

(Roberto e Mattei, Adelante la Fe – 9 junio 2018) Por un amplio margen, el gobierno de Conte ha obtenido el voto de confianza de la Cámara de Diputados y del Senado, pero ante todo nace con un amplio respaldo popular. De hecho, los sondeos atribuyen a las dos fuerzas políticas que lo han expresado, el movimiento Cinco Estrellas y la Liga, aproximadamente el 60% de los votos. Eso sí, ningún gobierno como éste se ha ganado el antagonismo de casi todos los medios de prensa italianos.

Antonio Socci ha descrito acertadamente este «prejuicio universal» el pasado 3 de junio en las páginas de Libero, mientras que Marco Travaglio, en Il Fatto quotidiano  del 6 de junio ha publicado una extensa antología de los graves   juicios que ha emitido la práctica totalidad de los medios, tanto de izquierda como de derecha, sobre el naciente gobierno.

Se ha acusado a Conte de ser como «el Amigo del pueblo de Marat» (Il Corriere della Sera, 18 de mayo) y de preparar «un futuro venezolano» para Italia (Il Foglio, 16 de mayo). «Hay una cuestión italiana en Occidente», ha escrito el director de La Stampa (27 de mayo), en tanto que para el de La Repubblica «no tardará en aflorar un revoltijo de inexperiencia, improvisación y arrogancia. Abróchense los cinturones» (2 de junio).

Esta parcialidad ideológica se ha traducido en una violenta intolerancia hacia el flamante Ministro de la Familia, Lorenzo Fontana, culpable de haberse manifestado a favor de la familia natural, tutelada por el artículo 29 de la Constitución, haber señalado la existencia de una crisis demográfica en Italia y haber participado el pasado 19 de mayo en la Marcha por la Vida.

En una entrevista concedida al Corriere della Sera (2 de junio) y en una carta dirigida al diario Il Tempo (4 de junio), Fontana ha reiterado sus opiniones. El vicepresidente Salvini ha indicado, y es cierto, que esas ideas no forman parte del pacto  de gobierno. Con todo, hay que señalar que Italia es una república parlamentaria en la que compete al Gobierno el poder ejecutivo y al Parlamento el legislativo.

Durante casi treinta años, de 1963 d 1992, Italia fue gobernada por dos fuerzas políticas, la Democracia Cristiana y el Partido Socialista, con visiones contrastantes en temas como la familia y la moral. El divorcio no entraba en el programa de gobierno de Colombo (1970-1972) ni el aborto en el de Andreotti (1978-1979), que se sostenía con el apoyo del Partido Comunista.

Sin embargo, algunos parlamentarios laicistas presentaron proyectos de ley a favor del divorcio y del aborto que fueron aprobadas respectivamente en 1970 y 1978 por una mayoría de diputados que no reflejaban la postura del Ejecutivo. Cuando los presidentes del Consejo de Ministros y de la República fueron acusados de refrendar leyes contrarias a la conciencia de los católicos, alegaron que habían refrendado leyes que habían sido elaboradas por el Parlamento, no por el Gobierno.

Pues bien, en este nuevo parlamento, ¿no podría crearse una mayoría transversal que impusiera cambios legislativos en defensa de la vida y de la familia, aunque no forme parte del acuerdo de gobierno? ¿Es que Italia ha dejado de ser una república parlamentaria?

En ministro Fontana declaró en su hermosa carta al diario Il Tempo: «No tenemos miedo de enfrentarnos a la dictadura del pensamiento único (…) Tenemos unos hombros suficientemente anchos para soportar los ataques gratuitos respondiendo con la evidencia de la realidad, con la fuerza de las ideas y con acciones concretas».

Sepa el ministro que no está solo. Lo respaldan personas con sentido común que consideran un disparate la ideología de género, que rechazan por antinaturales las relaciones homosexuales, que están resueltas a defender la familia normal, basada en el matrimonio indisoluble de un hombre y una mujer que quieren traer hijos al mundo, educarlos y formarlos para que sean buenos ciudadanos en la Tierra y en el Cielo.

El ministro puede contar con la asistencia de estos hombres de buena voluntad, y sobre todo con la ayuda del Cielo, que no abandona a quien no se avergüenza de ser católico, defiende la ley natural y combate a los nuevos bárbaros luchando por el más noble de los ideales: la restauración de la civilización cristiana, única en la historia digna de llamarse civilización.