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Los cardenales Burke, Brandmüller y Müller, y el papa dictador

En las últimas semanas se han publicado tres entrevistas a otros tantos eminentes cardenales. La primera la concedió el pasado 28 de octubre el cardenal Walter Brandmüller a Christian Geyer y Hannes Hintermeier del Frankfurter Allgmeine Zeitung; la segunda la concedió el 14 de noviembre el cardenal Raymond Leo Burke a Edward Pentin del National Catholic Register; y la tercera, del cardenal Gerhard Müller, se publicó el 26 de noviembre en el Corriere della Sera, realizada por Massimo Franco.

El cardenal Brandmüller manifestó su inquietud por la posibilidad de que se produzca una división en la Iglesia. «El solo hecho de que una petición dirigida al Papa y suscrita con 870.000 firmas para solicitarle una aclaración continúe sin respuesta –y que siga sin responder a 50 estudiosos de nivel internacional– suscita interrogantes. Es francamente difícil de entender». «Plantear al Papa dubia, que aclare cuestiones dudosas, ha sido siempre una forma perfectamente normal de disipar ambigüedades. Simple y llanamente, la cuestión es la siguiente: lo que ayer era pecado, ¿puede ser bueno hoy? Nos preguntamos, por otra parte, si hay realmente actos –como ha sido siempre en la doctrina constante de la Iglesia — que sean moralmente reprobables siempre y en toda circunstancia? Como por ejemplo matar a un inocente o cometer adulterio? He ahí el quid de la cuestión. Responder con un sí a la primera pregunta y con un no a la segunda sería de hecho herético, y constituiría por tanto un cisma. Una escisión en la Iglesia».

El cardenal Burke, que ha declarado que se mantiene en contacto con su homólogo Brandmüller, ha hecho una nueva advertencia «sobre la gravedad de una situación que cada vez se vuelve más grave», y ha reiterado la necesidad de arrojar luz sobre todos los pasajes heterodoxos de Amoris laetitia. Asistimos ciertamente a un proceso que constituye «una subversión de las partes esenciales de la Tradición». «Más allá del debate moral, cada vez se erosiona más el sentido de la práctica de los sacramentos en la Iglesia, en particular de la Penitencia y la Eucaristía».

El purpurado se dirige nuevamente al papa Francisco y a toda la Iglesia, subrayando «la urgencia de que el Sumo Pontífice, ejercitando el ministerio recibido del Señor confirme a sus hermanos en la fe expresando con claridad la doctrina sobre la moral cristiana y su significado en la práctica sacramental de la Iglesia».

Por su parte, el cardenal Müller afirma que hay peligro de que se produzca un cisma en el interior de la Iglesia, y que la responsabilidad de la división no sería de los cardenales que redactaron los dubia sobre Amoris laetitia, ni de los firmantes de la Corrección filial al papa Francisco, sino del círculo mágico que rodea al Papa e impide un debate abierto y equilibrado sobre los problemas doctrinales propuestos por las mencionadas críticas.

«Atención: si la Curia romana da a entender que se ha cometido una injusticia, se podría desencadenar casi por inercia una dinámica cismática de la que sería difícil recuperarse. Creo que sería importante escuchar a los cardenales que han expresado dudas sobre Amoris laetitia, o incluso a los 62 firmantes de una carta con críticas excesivas al Papa, en vez de tildarlos de fariseos o protestones. La única forma de salir de esta situación es un diálogo claro y franco. Por el contrario, tengo la impresión de que en el círculo mágico del Papa hay quien se preocupa ante todo de espiar a presuntos adversarios, impidiendo de ese modo un debate abierto y equilibrado. El daño más grave que causan a la Iglesia es etiquetar a todos los católicos como amigos o enemigos del Papa. Causa perplejidad que un destacado periodista ateo se jacte de ser amigo del Papa. E inversamente, que un obispo y un cardenal católico como yo seamos difamados catalogándosenos de opositores al Santo Padre. No creo que quienes tal hacen puedan darme lecciones de teología sobre la primacía del Romano Pontífice».

Según su entrevistador, el cardenal Müller todavía no ha superado el trauma de los que le destituyeran a tres colaboradores justo antes de que a él no se lo confirmase, como se esperaba, en su cargo de prefecto de la Congregación el pasado mes de junio. «Eran sacerdotes buenos y competentes que trabajaban para la Iglesia con dedicación ejemplar», según su modo de ver. «No se puede destituir a nadie porque a uno le da la gana, sin pruebas ni proceso, sólo a causa de una denuncia anónima de que uno de ellos ha hecho vagas críticas al Papa…».

¿En qué régimen se trata a las personas de esta manera? Lo escribió Damian Thompson en The Spectator el pasado el pasado 17 de julio ).

La destitución de colaboradores del cardenal Müller «trae a la memoria a algunos de sus predecesores más autoritarios, o incluso a algún dictador hispanoamericano que abraza a las multitudes y hace alarde de humildad mientras sus lugartenientes viven con miedo de sus arranques de ira». Este aspecto del pontificado de Francisco ha sido ya tema de un libro, que acaba de aparecer con el significativo título de  El papa dictador. El autor es un historiador de formación oxoniana que se oculta tras el pseudónimo de Marcantonio Colonna. El estilo es sobrio y documentado, y sus críticas al papa Bergoglio son fundadas y abundantes.

Muchos de los elementos en los que se basa para formular sus acusaciones ya eran de conocimiento público. Lo novedoso es la precisa reconstrucción de una serie de “cuadros históricos: los bastidores de la elección del papa Bergoglio, dirigida por la mafia de San Galo; las andanzas de Bergoglio en Argentina antes de su elección; los obstáculos con que se topó el cardenal Pell al intentar una reforma económica de la Curia; los cambios en la Pontificia Academia para la Vida; la persecución de los Franciscanos de la Inmaculada y la decapitación de la Soberana Orden Militar de Malta.

Los medios de difusión, tan dados a fustigar con desdén todo episodio de mal gobierno y corrupción, callan estos escándalos. El mayor mérito de este histórico estudio es haberlos sacado a la luz. «El miedo es nota dominante de la Curia con la ley de Francisco, unida a las mutuas sospechas. No se trata solamente de informadores que en busca de ventajas dan a conocer una conversación privada, como han descubierto los tres subalternos del cardenal Müller. En una organización en la que las personas moralmente corruptas siguen ejerciendo sus cargos y son para colmo promovidas por el papa Francisco, un sutil chantaje o está a la orden del día. Un sacerdote de la Curia ha manifestado con ironía: “Se dice que no lo importante no es lo que se sabe, sino quién lo sabe. Así es en el Vaticano: lo que importa es lo que sabes de aquellos a quienes conoces”».

El libro de Marcantonio Colonna confirma, pues, cuanto admite la entrevista del cardenal Müller: que reina un clima de espionaje y delación que el ex prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe atribuye a un círculo mágico que condiciona las decisiones del Papa, mientras que el historiador oxfordiano lo atribuye por su parte al modus gubernandi del papa Francisco, que compara con los métodos autocráticos del dictador argentino Juan Domingo Perón, del cual fue partidario Bergoglio de joven.

Sei podría responder que nihil sub sole novum (Ecclesiastés 1, 10). La Iglesia ha visto muchas otras deficiencias de gobierno.Pero si este pontificado está conduciendo en realidad a una división entre los fieles, como han puesto de relieve los tres cardenales, los motivos no pueden limitarse a la manera de gobernar de un papa, sino que hay que buscarlos en algo totalmente inédito en la historia de la Iglesia: el apartamiento por parte del Romano Pontífice de la doctrina del Evangelio, que tiene, por mandato divino, e deber de trasmitir y custodiar. Ahí radica el problema religioso de nuestro tiempo.