La verdadera devoción a los ángeles

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Por Roberto de Mattei

Además de ser el mes del Rosario, octubre está dedicado a los ángeles. Hoy en día se habla mucho de los ángeles, pero desde una perspectiva que no coincide con la de la Iglesia.

Existe una falsa devoción a los ángeles que consiste en imaginarlos como una suerte seres mitológicos a los que se les atribuyen unos poderes poco menos que mágicos para satisfacer nuestros deseos y sentimientos, independientemente de que cumplamos o no las leyes universales de Dios, es decir, que respetemos el orden natural de la creación.

En realidad y según la doctrina católica, los ángeles son ministros invisibles de los que Dios se vale para gobernar la creación. Y como en su relación con el universo creado, Dios es la Divina Providencia, los ángeles son los instrumentos de los que se sirve la Providencia para ordenar el universo a su fin último, que es el propio Dios. Eso significa que los ángeles gobiernan cuanto se mueve en el universo, desde el majestuoso mundo de los astros hasta las más ínfimas criaturas. El universo es gobernado por los ángeles, que están presentes en todo momento y lugar como instrumentos de la Divina Providencia. Por medio de los ángeles, Dios ejerce sobre nosotros en todo lugar y circunstancia una acción profunda e invisible para encaminarnos a nuestro fin sobrenatural. Y nosotros realizamos nuestra vocación respetando el orden de la creación y la ley natural divina que Él ha impreso en nuestra conciencia.

Por esa razón, pedimos a nuestro ángel custodio que nos dirija y gobierne. Pío XII dirigió una alocución a un nutrido grupo de católicos estadounidenses en la que, tras recordar la belleza de la realidad visible, pasó a hablar de la invisible, poblada por los ángeles; afirmó: «Estaban en la ciudad que acabáis de visitar… Eran vuestros compañeros de viaje».

Sin duda alguna, los ángeles son nuestros fieles compañeros de viaje, pero son también guerreros que combaten sin cesar. En la encíclica Humanum genus, León XIII recuerda que después de la rebelión de Lucifer el género humano «quedó dividido en dos bandos diversos y adversos: uno de ellos combate asiduamente por la verdad y la virtud, y el otro por todo cuanto es contrario a la virtud y a la verdad». Pero el combate entre el arcángel San Miguel y los ángeles rebeldes no terminó en el primer momento de la creación con la victoria de San Miguel, que arrojó al Infierno a Satanás y a sus secuaces. La batalla en que están empeñados San Miguel y sus milicias angélicas prosigue, y continuará todos los días, hasta el fin del mundo. Cada uno de nosotros es llamado a tomar partido en esta guerra cósmica, que aunque invisible es real.

Desde el primer momento de la creación, los ángeles se pusieron de parte de Dios o contra Él, para la eternidad. La misma elección nos toca hacerla a nosotros en el tiempo histórico en que vivimos, y el culto a los ángeles nos ayuda a servir a Dios y a combatir eficazmente a sus adversarios. Por eso, la devoción a los ángeles es un acto de amor al orden sobrenatural deseado por Dios. Y esa devoción es incluso más importante que la que profesamos a los santos. Ciertamente los santos son modelos de virtud a los que debemos imitar y rezar para que intercedan por nosotros. Eso sí, salvo en casos extraordinarios, carecen del poder sobre las criaturas que de ordinario tienen los ángeles sobre el universo creado.

Por otra parte, los ángeles son protagonistas de la historia, en la que intervienen como mensajeros de gracia divina y palabras celestiales. El gran mensaje de Fátima se inicia con las apariciones del ángel que, durante la primavera, verano y otoño de 1916, se manifestó a los tres pastorcitos con la semejanza de «un joven de catorce o quince años, más blanco que la nieve, que el sol volvía transparente como el cristal, y de una gran belleza», como declaró más tarde Sor Lucía. Prosigue la vidente: «Nos pusimos de pie para ver lo que pasaba, y volvimos a ver al ángel, que tenía un cáliz en la mano izquierda, sobre el cual estaba suspendida una Hostia de la caían algunas gotas de sangre en el cáliz. Dejando el cáliz y la hostia suspendidos en el aire, se postró en tierra junto a nosotros y repitió tres veces esta oración: «Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, os adoro profundamente y os ofrezco el preciosísimo Cuerpo, Sangre, alma y divinidad de Jesucristo, presente en los tabernáculos de la tierra, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los que se le ofende. Por los méritos infinitos de su sacratísimo Corazón y del Corazón inmaculado de María, os imploro la conversión de los pobres pecadores». Luego, puesto nuevamente en pie, volvió a tomar en sus manos el cáliz y la Hostia, me la dio a comulgar, y le dio la Sangre del cáliz a Jacinta y Francisco, mientras les decía: «Tomad y bebed el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, terriblemente ultrajado por los ingratos hombres; reparad sus maldades y consolada a vuestro Dios». Seguidamente se postró una vez más en tierra, y repitió con nosotros otras tres veces la oración «Santísima Trinidad…» Luego desapareció».

Con una extraordinaria plegaria angélica da comienzo el ciclo de Fátima, y el mensaje de la Virgen concluye con la visión de los ángeles del tercer secreto. Según el testimonio de sor Lucía, ante los tres pastorcillos «se apareció al lado izquierdo de Nuestra Señora y un poco elevado un ángel con una espada de fuego en la mano izquierda, de la que salían llamas destellantes que daba la impresión de que iban a incendiar el mundo pero se apagaban al contacto del esplendor que salía hacia ellos de la mano derecha de la virgen. El ángel señaló a la Tierra con la mano derecha y proclamó con voz sonora: «¡Penitencia, penitencia, penitencia!»».

La visión continuó con una procesión de obispos, sacerdotes, religiosos y laicos que, guiados por el Papa, ascendían por una empinada montaña en cuya cumbre había una enorme cruz de toscos troncos, al pie de la cual fueron muertos por soldados que disparaban armas de fuego y flechas. «Bajo los dos brazos de la Cruz había dos ángeles, cada uno de los cuales tenía en la mano una regadera de cristal en la que recogían la sangre de los mártires y regaban con ella las almas que se acercaban a Dios».

No tengamos miedo, que los ángeles ejecutan los designios de Dios, y Él siempre quiere y realiza nuestro bien. En los momentos oscuros de la historia, como los que ahora vivimos, encomendémonos a los ángeles con profundo amor e inmensa confianza.

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