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La Opción Pelayo

(Pedro L. Llera, infocatolica.com – 13 enero 2019) Que vivimos tiempos oscuros y turbulentos tanto fuera como dentro de la Iglesia resulta incuestionable y evidente. Y ya se ha escrito mucho sobre el tema. Tenemos un enemigo externo – el Pensamiento Único – y un enemigo interno (que hemos venido en denominar como “Modernismo Religioso” o Iglesia del Nuevo Paradigma).

Escribe Rod Dreher en su best seller La Opción Benedictina[1]:

La borrasca lleva décadas formándose, pero la mayoría de los creyentes hemos actuado bajo la quimera de que escamparía. La desarticulación de la familia natural, la pérdida de los valores morales tradicionales y la fragmentación de las comunidades nos preocupaban ciertamente, pero pensábamos que cambiarían las tornas y no pusimos en tela de juicio cómo nos planteábamos nuestra fe. […]

Un nihilismo secular hostil ha triunfado en el gobierno de la nación y la cultura enseña los dientes a los cristianos tradicionales. No paramos de repetirnos a nosotros mismos que estos acontecimientos son la imposición de una élite liberal, pero lo hacemos para autoengañarnos, porque la verdad es difícil de digerir: tienen el consentimiento del pueblo americano, ya sea activo o pasivo.

Durante años, los derechos civiles de los homosexuales han avanzado con paso lento, pero firme, al compás de la socavación de la libertad religiosa de los creyentes que no comulgan con la agenda LGTB. El fallo del caso Obergefell vs Hodges en el Tribunal Supremo de Estados Unidos, que reconocía el matrimonio homosexual como un derecho constitucional, fe el Waterloo del conservadurismo religioso. La Revolución Sexual se alzó con una victoria decisiva y culminó la guerra cultural tal y como la conocíamos desde los sesenta. A raíz del caso Obergefellla creencia cristiana en la complementariedad sexual en el matrimonio pasó a considerarse un prejuicio abominable, si no punible en muchos casos. Hemos perdido el espacio público.

La situación de los Estados Unidos es perfectamente comparable con la de Europa, donde estamos igual de mal o incluso peor. Sobre el Pensamiento Único, yo mismo he escrito ya mucho y, si quieren leer más sobre el tema, les remito a otros artículos:

Dentro de la Iglesia, el panorama resulta igualmente desolador. Don Dreher aporta una cita demoledora del teólogo anglicano Ephraim Radner: “a los cristianos no nos queda ni un solo lugar seguro en la tierra, ni siquiera nuestras Iglesias lo son. Es una nueva Era”.

Sobre la crisis modernista de la Iglesia Católica también creo haber escrito ya todo lo que tenía que escribir:

Los intentos de diálogo y adaptación de la fe católica a la modernidad nos han conducido a la apostasía clamorosa que hoy podemos constatar. Esos intentos de aggiornamento han pasado, en el plano filosófico, por el Personalismo filosófico de Maritain, Mounier y compañía; y en el ámbito político, el Personalismo se plasma en esa cuadratura del círculo que llamamos “Democracia Cristiana”, que pretende conjugar lo inconjugable: el liberalismo y el cristianismo. Tener a Cristo como Señor de mi vida es incompatible con el principio de autodeterminación (o de libertad negativa) personalista. Proclamar que Cristo es Rey (la Soberanía Social de Cristo) y admitir que el multiculturalismo o el error de las religiones falsas pueden y deben estar a la misma altura que la única religión verdadera es imposible. El único Salvador es Cristo. No hay redención fuera de la Iglesia. Si creemos que todos van al cielo y todas las religiones son igual de buenas, que la moral depende de la libertad de la persona y no de la soberanía de Dios, llegamos al relativismo y al nihilismo actuales; a una apostasía y un desprecio de la moral cristiana que se obstina en imponer una ley moral universal, una ley natural, que el hombre moderno no está dispuesto a acatar de ninguna manera porque se opone a su derecho a autodeterminarse de Dios, a cuestionar la Verdad y a combatir el Bien.

Pero la cuestión es ¿y ahora qué hacemos?

I. La Opción Benedictina

Ron Dreher propone una especie de rendición ante la modernidad. “Hemos perdido el espacio público”. Por lo tanto, a los católicos tradicionales no nos queda otra opción que volver a las catacumbas. Somos pocos. “La crisis espiritual que atraviesa Occidente es la más seria desde la caída del Imperio Romano, allá por el final del siglo V. La luz del cristianismo se desvanece en Occidente”. “Hablamos un idioma que cada vez más gente considera ofensivo y que pocos pueden escuchar”.

“¿Y si la mejor manera de plantar cara al diluvio es dejar de plantar cara?[…] En lugar de gastar recursos y energías en batallas políticas que están perdidas de antemano, lo que deberíamos hacer es construir comunidades, establecer instituciones y organizar una resistencia astuta que pueda preservar hasta que levante el estado de sitio”.

“¡No hemos de tener miedo! Ya hemos toreado en plazas así. En los primeros siglos del cristianismo, la Iglesia primitiva logró sobrevivir y crecer en Occidente durante la persecución romana y tras la caída del Imperio. Los cristianos de hoy en día tenemos que aprender de su ejemplo, especialmente del de San Benito”.

“El ejemplo de San Benito nos llena de esperanza hoy en día porque nos revela lo que pequeños grupos de creyentes pueden conseguir al reaccionar de una manera creativa ante los retos que les plantean su tiempo y espacio.”

Se trata de dejar atrás “una ciudad imperial en ruinas” (el Occidente apóstata), “como peregrinos de la vía de San Benito”, “para dirigirse a un lugar en calma en el que puedan aprender a escuchar la voz de su Maestro. Encontramos a otros como nosotros y construimos comunidades, escuelas al servicio del Señor. No lo hacemos para salvar el mundo: el único motivo que nos mueve es el amor a Dios y sabernos necesitados de una comunidad y de una vida ordenada para entregarnos a Él por completo”.

Vivimos plenamente la liturgia, narramos el relato sagrado en el culto en nuestros cantos. Ayunamos y celebramos. Nos casamos y casamos a nuestros hijos y, aunque estemos exiliados, contribuimos a que la ciudad viva en paz. Damos la bienvenida a los recién nacidos y enterramos a nuestros muertos. Leemos la Biblia y hablamos a nuestros hijos de los santos. Y también de Ulises, Aquiles, Eneas, Dante, Don Quijote, Frodo y Gandalf, así como de todas las historias que transmiten el verdadero significado que entraña ser un hombre o una mujer en Occidente.

Trabajamos, rezamos, nos confesamos, mostramos misericordia, acogemos a los forasteros y cumplimos los mandamientos. Cuando sufrimos, especialmente cuando lo hacemos a causa de Cristo, damos gracias, porque eso es lo que tiene que hacer un cristiano.”

Con estos párrafos se puede resumir la propuesta de Dreher. Apartarse del mundo, dejar de luchar contra él y exiliarse de la modernidad para construir verdaderas comunidades cristianas que puedan vivir su fe de verdad.

John Senior, en su libro La Restauración de la Cultura Cristiana[2], nos invitaba a seguir el mismo camino que ahora propone Dreher:

“¡Huyan, por el amor de Dios, huyan de los débiles terraplenes del éxito! Vayan a arruinados barrios y pueblos de su infancia y reconstrúyanlos.”

“Si varias familias, compartiendo este humilde secreto, compraran casa antiguas en un mismo suburbio y se establecieran allí, habrán reconstruido el pueblo de Goldsmith en medio de sus ciudades en ruinas y habrán comenzado la restauración de aquella cosa ordinaria, saludable y humana que es el vecindario. Los niños, alejados del televisor, comenzarán a jugar afuera nuevamente; varias familias podrán sostener un pequeño colegio privado donde puedan aprender a leer y a escribir en vez de educación vial y cómo prevenirse de las enfermedades venéreas.”

La agenda católica, para Senior, pasa por “vivir y trabajar en un oficio honesto en un pueblo católico, reservar el diezmo del tiempo para la oración y ofrecer todos nuestros trabajos, oraciones, gozos y sufrimientos en sacrificio al Señor”. “Es tiempo de regresar […] a los barrios y pueblos en los que podamos caminar a una velocidad humana normal, comprar en comercios amistosos donde el carnicero y el almacenero conozcan a sus clientes, enviar a nuestros hijos a colegios donde los padres conozcan a los maestros y los maestros amen su oficio y a sus alumnos”.

Y señala acertadamente John Senior que “cualquier cosa que hagamos en el orden político y social, debe tener su fundamento indispensable en la oración, el corazón de la cual es el santo sacrificio de la misa”. “¿Qué es la cultura cristiana? Esencialmente la Misa”. “La Cristiandad, que el secularismo llama Civilización Occidental, es la Misa y todo el aparato que la protege y favorece. Toda la arquitectura, el arte, las instituciones políticas y sociales; toda la economía, las formas de vivir, de sentir y de pensar de los pueblos; su música y su literatura; todas estas realidades, cuando son buenas, son medios de favorecer y de proteger el santo sacrificio de la Misa”.

“Debemos grabar en nuestro corazón la primera ley fundamental de la economía cristiana: el fin del trabajo no es la ganancia, sino la oración; y la primer ley de la ética cristiana: vivir  para Cristo, no para nosotros mismos. Y vivir en Él es amar. Si guardamos los diez mandamientos, evitaremos el infierno; si amas a Dios y al prójimo como a ti mismo, cumplirás la ley de la justicia. Pero la vida cristiana no consiste solamente en evitar el infierno, aunque se esencial. Porque la vida misma es el Reino de los Cielos que consiste en amar a Cristo y a nuestro prójimo como Él nos ama”.

Trabajo, oración y sacrificio. Estos son los tres ítems de la agenda católica”.

Senior propone volver a Santo Tomás y a su Summa Theologica, que es “la medida de toda la teología católica. Los católicos deben creer que Tomás de Aquino es el Doctor Común de la Iglesia con el mismo grado de certeza con el que creen que es santo”. “No estoy preconizando nada que se parezca a una renovación tomista. Creo que es imposible en las presentes condiciones. El tomismo está en el lugar en el que debe estar. Santo Tomás no debe renacer, por el simple hecho de que no ha muerto”.

Sigue la estela de John Senior la escritora española Natalia Sanmartín Fenollera en su novela El despertar de la señorita Prim[3]. La importancia que da la escritora al tomismo – igual que John Senior – queda patente en este diálogo entre “el hombre del sillón” y la señorita Prim:

– Tranquilícese, Prudencia. Ningún hombre puede convertirse a sí mismo o a otro con la propia voluntad como única herramienta, no se inquiete por ello. Somos causas segundas, ¿recuerda? Por mucho que nos empeñemos, la iniciativa no es nuestra.

– No soy tomista – respondió la bibliotecaria con sequedad, contrariada de haber dejado traslucir sus temores.

Sorprendido, él la miró como un padre mira a una niña que se enorgullece de no saber leer.

– Ése, señorita Prim, es su gran problema.

En otro momento, el señor del sillón critica la educación moderna:

– ¿Que si soy riguroso? Soy un enamorado del método escolástico, señorita Prim, no espere de mí que critique la exigencia académica. No tengo demasiada buen opinión de la educación de los últimos cincuenta años, no voy a mentirle.

San Ireneo de Arnois es un pueblo de exiliados de la modernidad, según lo propuesto por Senior. “He tenido la inmensa suerte de que aquí, en San Ireneo, se me haya permitido ser dueña de mi tiempo”, dice una de las exiliadas.

La propia señorita Prim reconoce que se siente mal en el mundo moderno:

“No todo el mundo vivía, como ella lo hacía, con la permanente sensación de haber nacido en un momento y en un ambiente equivocados. Ni siquiera todo el mundo podía ser consciente, como ella lo era, de que todo lo que valía la pena admirar, todo lo hermoso, todo lo excelso, parecía estar desapareciendo sin apenas dejar rastro. El mundo, se quejaba Prudencia Prim, había perdido el gusto por la armonía, el equilibrio, la belleza. Y no todos podían ver esa verdad, como tampoco podían sentir todos en su interior la firme resolución de resistir”.

Y más adelante, Prudencia le confiesa al señor del sillón:

“Antes, no hace demasiado tiempo, solía pensar que tenía una sensibilidad propia de otro siglo, estaba convencida de que había nacido en el momento equivocado y de que por eso me molestaba tanto la vulgaridad, la fealdad, la falta de delicadeza. Creía que esa nostalgia tenía que ver con el anhelo de una belleza que ya no existe, de una época que un buen día nos dijo adiós y desapareció”.

“San Ireneo es un pequeño reducto para exiliados de la confusión y agitación modernas”, señala Horacio Delàs, uno de los personajes secundarios de la novela.

“Utopía sería pensar que el mundo puede dar marcha atrás y reorganizarse de nuevo en su totalidad. Pero no hay nada de utopía en este pequeño pueblo, Prudencia, lo que hay es un enorme privilegio. Hoy en día para vivir de una forma tranquila y sencilla hay que refugiarse en una pequeña comunidad, en una aldea, en un pueblecito adonde no lleguen el estruendo y la hostilidad de esas urbes desmesuradas”.

Y en otro lugar señala:

– Supongo que se puede decir que han huido ustedes de la ciudad. Son una especie de forajidos románticos, ¿no es cierto?”

– Hemos huido de la ciudad, en eso tiene razón, pero no todos lo hemos hecho por los mismos motivos. Alguno, como el viejo juez Basett y yo, tomamos la decisión después de haber sacado todo el jugo posible a la vida, porque sabemos bien que encontrar un ambiente tranquilo y cultivado como el que ese ha formado aquí es un raro privilegio. Otros, como Herminia Treaumont, son reformistas, ni más ni menos. Han llegado a la conclusión de que el estilo de vida actual desgasta a las mujeres, desnaturaliza a las familias y pulveriza la capacidad la capacidad de reflexión humana, y desean probar otras fórmulas. Y hay un tercer grupo, al que pertenece el hombre del sillón, cuyo objetivo es huir, literalmente, del dragón. Quieren proteger a sus hijos del influjo del mundo, volver a la pureza de costumbres, recuperar el esplendor de la vieja cultura.

Horacio Delàs hizo una pausa para servirse otra copa.

– A ver si entiende lo que trato de decirle, Prudencia: uno no puede construirse un mundo a medida, pero lo que sí puede hacer es construirse un pueblo. Aquí todos pertenecemos, por decirlo así, a un club de refugiados.

Un pequeño pueblo, un grupo de exiliados de la modernidad, una abadía benedictina… Este es el modelo de vida que proponen Dreher, Senior y Natalia Sanmartín. Apartarse del mundo, dejar de luchar contra él, exiliarse y reconstruir comunidades donde se pueda vivir conforme a la cultura cristiana tradicional. Esta es una de las propuestas más tentadoras que se nos presentan ante el actual panorama. Pero esta no es la única salida posible. No todos renuncian a luchar contra el diluvio de la modernidad. Otros prefieren luchar.

 

II. La Opción Pelayo

Hay quien discute la oportunidad de la opción Benedicto y optan por el combate frente a la modernidad y frente al modernismo religioso. Es el caso de Roberto de Mattei. Es de lectura obligatoria su reciente artículo, publicado en Correspondencia Romana, titulado La Iglesia en crisis: el acto final del Concilio Vaticano II .

La opción benedictina se muestra como un fruto del rechazo al concepto combativo del cristianismo que se ha difundido a raíz del Concilio. Hay que sustituir los muros por puentes, porque ya no hay cosmovisiones contrapuestas, y las diversas confesiones religiosas pueden unirse basadas en un sentimiento genérico de trascendencia. Esta estrategia de huida del mundo moderno es muy distinta de la del verdadero San Benito.

La vocación de los monjes se complementó con la de los caballeros. Monjes y caballeros construyeron la sociedad cristiana medieval. La expresión más alta del Medievo fueron precisamente los monjes caballeros, como los Templarios, cuya regla redactó San Bernardo de Claraval. Hoy en día necesitamos hombres así, y sobre todo de ese espíritu.Por el contrario, diríase que la idea de Dreher es, por el contrario, preparar a los católicos para soportar con paciencia la persecución a la espera de tiempos mejores; volver, en espíritu, a la época de las catacumbas porque no se vislumbra un inminente triunfo de la Iglesia sobre el mundo moderno. Ahora bien, ¿realmente es así?

Así de contundente, de Mattei rechaza de un plumazo la opción benedictina. Hay que combatir. Hay que recuperar el espíritu de los templarios.

De Mattei reivindica el espíritu del joven Constantino:

Constantino, un joven caudillo que se disputa con Majencio el trono de Roma, tiene una visión. Aparece en el cielo una cruz resplandeciente con la leyenda In hoc Signo vinces: con esta señal, en nombre de esta señal –la Cruz– vencerás. Y más tarde, según relatan Eusebio y Lactancio, el Señor se le apareció en la noche a Constantino y lo exhortó a inscribir esa Cruz en los lábaros de sus legiones. Bajo el signo de la Cruz, Constantino se enfrentó a Majencio y en el Puente Milvio, a las puertas de Roma, derrotó al ejército enemigo y ascendió al trono imperial. Esta fecha supuso un giro radical en la historia que algunos han llamado cambio constantiniano.

El lema In hoc Signo vinces une el símbolo de la Cruz a la victoria: ya no se trata sólo de una victoria interior sobre las pasiones desordenadas y el pecado, sino de una victoria histórica que confirma que el cristianismo ha recibido de Cristo la misión de plantar la Cruz en el espacio público; de no contentarse con conquistar las almas, sino igualmente la sociedad con sus instituciones y costumbres, creando de ese modo la Cristiandad.

Y concluye el profesor de Mattei:

Nosotros somos también pocos hoy en día. Estamos desprovistos de los medios materiales que proporcionan los poderes políticos, económicos y mediáticos. Estamos cubiertos de heridas infligidas por nuestros pecados. Se nos aísla y nos trata como a leprosos por nuestra fidelidad a la Tradición. No obstante, si tenemos valor para resistir, para no retroceder, para atacar al enemigo que avanza, como los perros ladradores de los que habla el cronista medieval, la victoria será nuestra, porque nuestro amor a la Iglesia y la Civilización Cristiana es más fuerte que la muerte. Y como dice el Cantar de los Cantares, «no valen las muchas aguas para apagar el amor ni los ríos pueden ahogarlo» (Cant.8, 6-7).

Por eso, no queremos volver a las catacumbas. Hoy en día, el lábaro de Constantino, como los estandartes de las Cruzadas y de Lepanto, no es el pabellón de una guerra armada, sino el símbolo de una actitud espiritual. Es la disposición de ánimo de quien está convencido de que, como dice San Pío X, «La civilización del mundo es civilización cristiana: tanto es más verdadera, durable y fecunda en preciosos frutos, cuanto es más genuinamente cristiana». Es el estado de ánimo de quien tiene el convencimiento de que la civilización cristiana no es un sueño que pasó a la historia, sino la solución a la crisis de un mundo en descomposición; es el reinado de Jesús y de María en las almas y en la sociedad, que anunció Nuestra Señora en Fátima y por el cual seguimos luchando cada día con confianza y valentía.

Esta actitud combativa, en España, estaría perfectamente representada por el Rey Pelayo. Bajo la bandera de la Cruz, como había hecho antes Constantino, Pelayo le hace frente a la media luna y salva a Occidente de la dominación islámica, que parecía avanzar imparable hacia la conquista de toda Europa. También eran pocos. Los rebeldes asturianos no tenían nada que hacer frente al poderoso ejército mahometano. Los musulmanes habían conquistado en muy pocos años la práctica totalidad de la Península Ibérica y habían acabado con el Reino Hispano Visigodo de Toledo. La mayoría de los cristianos había claudicado. Se habían rendido a la evidencia: había que adaptarse a los nuevos señores y esperar tiempos mejores. Solo un puñado de rebeldes plantó cara al invasor en los montes de Covadonga. Así lo cuenta la página La Aventura de la Historia

La batalla de Covadonga fue relatada de forma muy diferente por las crónicas musulmanas y las cristianas. Los árabes cuentan que, tras reducir a los astures, “no había quedado sino la roca donde se refugió el rey llamado Pelayo con trescientos hombres, y no cesaron de atacarle hasta que sus soldados murieron de hambre y no quedaron en su compañía sino treinta hombres y diez mujeres. Y no tenían qué comer sino la miel que tomaban de la dejada por las abejas en la hendidura de la roca. La situación de los musulmanes llegó a ser penosa, y al cabo los despreciaron diciendo: ‘Treinta asnos salvajes, ¿qué daño pueden hacernos?’”.

En la versión cristiana, la batalla de Covadonga se desarrolló tras una conversación de “altos vuelos políticos” en lo alto de la cueva de Covadonga entre Pelayo y el obispo Don Oppas, uno de los visigodos que había acompañado al ejército árabe con la esperanza de convencer a los astures, en particular a Pelayo, de desistir de la lucha contra un ejército tan poderoso como el árabe.

Ante la petición del obispo, Pelayo contestó: “Cristo es nuestra esperanza; que por este pequeño montículo que ves sea España salvada y reparado el ejército de los godos… confiando en la misericordia de Jesucristo, desprecio esa multitud y no temo el combate con que nos amenazas”.

El obispo, vuelto entonces al ejército, dijo: “Acercaos y pelead… Alqama mandó entonces comenzar el combate, y los soldados tomaron las armas. Se levantaron los fundíbulos, se prepararon las hondas, brillaron las espadas, se encresparon las lanzas e incesantemente se lanzaron saetas. Pero al punto se mostraron las magnificencias del Señor: las piedras que salían de los fundíbulos y llegaban a la casa de la Virgen Santa María, que estaba dentro de la cueva, se volvían contra los que las disparaban y mataban a los caldeos (los musulmanes)”.

Los historiadores no se ponen de acuerdo a la hora de contestar a la pregunta de quién era realmente Pelayo. Para unos, se trataría de un caudillo astur. Para otros, de un noble visigodo que huye de Toledo y se refugia en las montañas asturianas, donde planta resistencia al invasor. El caso es que con Don Pelayo comienza la Reconquista y nace el Reino de Asturias: solo un puñado de hombres, con la Cruz como bandera, hacen frente al poderoso ejército sarraceno y lo derrotan. Un milagro.

Sí. Un milagro. Sobre todo teniendo en cuenta la situación de la Iglesia Toledana en este momento histórico. Así lo cuenta José Javier Esparza en su magnífica obra de divulgación histórica titulada La gran aventura del Reino de Asturias[4]:

A la llegada de los moros, la Iglesia española atraviesa un seria crisis doctrinal. Hay desde antiguo una herejía, el adopcionismo, que sostiene que Cristo no es Dios, sino un hombre adoptado por Dios – literalmente, un hijo adoptivo, divinizado después de la muerte – y, que niega así la Encarnación. Esta herejía sintoniza particularmente con la visión islámica de las cosas, donde Jesús no es Dios, sino un profeta más de esa lista de elegidos que concluye con Mahoma. Por otra parte, esa nueva versión de la herejía adopcionista enlaza con aquella otra del arrianismo, muy extendida entre los visigodos. Por eso habrá una inmediata simpatía política entre ciertas élites godos y los invasores islámicos. Tanta que veremos a un obispo toledano, Don Oppas, intervenir en Covadonga al lado de los sarracenos contra los rebeldes cristianos.

Los cristianos eran pocos y hay un enemigo interno que juega el papel de quintacolumnista. Los herejes son colaboracionistas de los poderosos: ¿les suena esta situación? ¿No les parece algo muy, muy actual? En aquella época, había obispos herejes, como el de Toledo, Elipando. Y será un pobre monje irrelevante quien plante cara nada más y nada menos que al obispo de Toledo: Beato de Liébana. “Lejos de amilanarse”, señala Esparza, “(Beato y Eterio) decidieron combatir al obispo hereje”. Beato llamaba al hereje Elipando “testículo del Anticristo”. Y Beato triunfó frente al todopoderoso obispo de Toledo…

Una minoría insignificante de cristianos, luchando bajo el signo de la Cruz, son capaces de derrotar a los poderosos de su época; poderosos que estaban apoyados por todos los herejes, los apóstatas y los colaboracionistas del sistema. Y todo ello bajo el amparo de la Virgen María, bajo su advocación de Covadonga.

La Virgen de Fátima nos lo prometió: “Al final mi Corazón Inmaculado triunfará”.

Y también el P. Hoyos, el 14 de mayo de 1733, fiesta de la Ascensión, recibió la gran promesa:

“Después de comulgar, refiere Bernardo, tuve la misma visión del Corazón… rodeado con la corona de espinas y con una cruz en la extremidad de arriba… Dióme a entender que no se me daban a gustar las riquezas de este Corazón para mí solo, sino que por mí las gustasen otros. Pedí a toda la Santísima Trinidad la consecución de nuestros deseos. Y pidiendo está fiesta (del Corazón de Jesús) en especial para España, en que ni aun memoria parece que hay de ella, me dijo Jesús: REINARÉ EN ESPAÑA Y CON MÁS VENERACIÓN QUE EN OTRAS PARTES”. 

Somos pocos pero contamos con Cristo Rey, con el Señor del Universo, combatiendo a nuestro lado bajo el estandarte de la Cruz. Y contamos con el amparo y la protección de nuestra Reina, la Santísima Virgen María, la Inmaculada Concepción. ¿Qué vamos a temer? ¿Vamos a retirarnos sin luchar? No mientras nos quede una piedra por tirar. Yo soy asturiano. Soy de Pelayo. Cristo es nuestra esperanza.

No hay otra salida que reivindicar el Tradicionalismo Hispánico, que es la forma española de la Cristiandad. Como señala Javier Barraycoa“la gran tentación que nos pondrá el diablo será la sensación de estar solos y ser “raros”. ¿Qué importa? Como dice Roberto de Mattei “la civilización cristiana no es un sueño que pasó a la historia, sino la solución a la crisis de un mundo en descomposición; es el reinado de Jesús y de María en las almas y en la sociedad”. España se define por la defensa de la Cruz. Si el Pensamiento Único pretende acabar con la cruz, a mí me va a encontrar siempre de frente. España, sin la Cruz, deja de ser España y desaparece. Y eso es lo quieren socialistas, comunistas y separatistas: acabar con España y acabar con la Cruz. Pues no lo van a tener fácil. Muchos católicos han apostatado y se han rendido a la cultura moderna. Pero basta que un puñado de hombres y mujeres plantemos cara para que sus intenciones sean desbaratadas. Porque Dios está con nosotros. Y la Virgen nos defiende. Recordad Covadonga.

Nuestras armas son las que señala el Apóstol San Pablo en su Carta a los Efesios:

Utilizad todas las armas que Dios os proporciona, y así haréis frente con éxito a las estratagemas del diablo. Porque no estamos luchando contra enemigos de carne y hueso, sino contra las potencias invisibles que dominan en este mundo de tinieblas, contra las fuerzas espirituales del mal habitantes de un mundo supraterreno. Por eso es preciso que empuñéis las armas que Dios os proporciona, a fin de que podáis manteneros firmes en el momento crítico y superar todas las dificultades sin ceder un palmo de terreno. Estad, pues, listos para el combate: ceñida con la verdad vuestra cintura, protegido vuestro pecho con la coraza de la rectitud y calzados vuestros pies con el celo por anunciar el evangelio de la paz. Tened siempre embrazado el escudo de la fe, para que en él se apaguen todas las flechas incendiarias del maligno. Como casco, usad el de la salvación, y como espada, la del Espíritu, es decir, la palabra de Dios. Y todo esto hacedlo orando y suplicando sin cesar bajo la guía del Espíritu; renunciad incluso al sueño, si es preciso, y orad con insistencia por todos los creyentes.

Empleemos también la misma arma que utilizó Beato de Liébana: la pluma para defender la Verdad de la fe frente a los enemigos de Cristo y frente a los apóstatas y a los herejes. Debemos defender y recuperar, con el auxilio de Dios, las raíces cristianas de España y sus tradiciones propias, que fueron pisoteadas por los revolucionarios liberales. Debemos luchar por el Reinado Social de Cristo sin desfallecer: Él vive y reina por los siglos de los siglos. Suyo es el poder y la gloria por siempre.

¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Inmaculada Concepción!

 


[1] Dreher, Rod, La Opción Benedictina. Una estrategia para los cristianos en una sociedad poscristiana. Ediciones Encuentro. Madrid, 2018.

[2] Senior, John, La Restauración de la Cultura Cristiana. Homo Legens. Madrid, 2018

[3] Sanmartín Fenollera, Natalia, El despertar de la señorita Prim. Planeta. Barcelona, 2014.

[4] Esparza, José Javier, La Gran Aventura del Reino de Asturias. La Esfera de los Libros. Madrid, 2009.