La Casa de Saboya y la Iglesia - Corrispondenza romana
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La Casa de Saboya y la Iglesia

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(Roberto de Mattei, Adelante a Fe – 31  de decembre 2020) La historia es compleja, a veces oscura, y sólo la Divina Providencia nos revelará un día la trama que la compone. El destino de la Casa de Saboya forma parte de esos designios misteriosos, y agradecemos a Cristina Siccardi que nos haya mostrado algunos aspectos de ella en su último libro, Casa Savoia e la Chiesa. Una grande millenaria storia europea (Sugarco, Milán 2020, 400 pgs.), que aporta documentos inéditos y una intervención del rey Simeón II de Bulgaria.

En realidad, la Casa de Saboya es una dinastía que cuenta con innumerables miembros muertos en olor de santidad, y que con sus abadías e iglesias han ilustrado la Iglesia a lo largo de los siglos. Y es asimismo la casa real que una vez llegada al vértice de su poder infligió a la Iglesia una de las heridas más dolorosas que ha recibido a lo largo de la historia. La toma de Roma el 20 de septiembre de 1870 borró de la memoria las raíces cristianas de una dinastía cuya milenaria relación con la Iglesia Católica ha reconstruido Cristina Siccardi.

En los veintiocho capítulos del libro, basado en documentos de primera mano, se suceden momentos cruciales de la historia que van desde las Cruzadas a la batalla de Lepanto, y de la Revolución Francesa a la Unificación Italiana, con personajes de la Casa de Saboya más o menos conocidos como Umberto Biancamano, Bonifacio el arzobispo de Cantorbery, la reina Leonor de Inglaterra y la emperatriz Juana de Bizancio, y llega hasta los últimos soberanos de la rama Saboya-Cariñano, artífices de la Revolución Italiana.

Uno de los capítulos más apasionantes es el titulado Orígenes saboyanos de Fátima (págs. 109-115). Tras una victoria sobre los musulmanes, el rey Alfonso de Portugal (1109-1185), que había casado con Mafalda de Saboya, hermana del beato Humberto III, concedió al capitán de una de sus mesnadas llamado Gonçalo el privilegio de tomar por esposa a la más hermosa de las prisioneras moras. La elegida fue la joven Fátima, que gracias a las atenciones de la reina Mafalda se convirtió a la fe católica y se bautizó con el nombre de Oureana, si bien falleció poco después de la boda. Gonçalo decidió retirarse para llevar una vida de oración en el monasterio cisterciense de Alcobaça, y mandó trasladar el cuerpo de su mujer a una localidad vecina que tomó de ella el nombre de Fátima. La reina Mafalda mandó construir una capilla en Fátima y pidió ser sepultada junto a la joven que ella había traído a la fe cristiana. A la abadía de Alcobaça y a Fátima llegó en peregrinación dos siglos después el príncipe Felipe de Saboya y Acaya, salvado milagrosamente de la muerte por su antepasado Humberto III. Una hija suya era monja, con el nombre de sor Filippina, en el convento dominico de Santa María Magdalena de Alba (Cuneo), fundado por la beata Margarita de Saboya. Sor Filippina murió el 16 de octubre de 1454 después de recibir numerosas revelaciones privadas. En los archivos del monasterio se conserva un documento que testimonia que la vidente habló de «una iglesia de un pueblo que se llama Fátima, edificada por una antepasada de nuestra santa fundadora Margarita de Saboya, y de una estatua de la Santísima Virgen que habló de acontecimientos futuros muy graves porque Satanás desatará una guerra terrible. Pero perderá, porque la Virgen Santísima, Madre de Dios y del Santísimo Rosario de Fátima, “más fuerte que todo ejército en batalla”, lo derrotará para siempre».


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En 1917 la Virgen se apareció en Fátima, y en el lugar donde se alzaba la capilla que había mandado construir la reina Mafalda se le construyó un amplio santuario. Existe, pues, una misteriosa vinculación entre la Casa de Saboya y el lugar donde nueve siglos más tarde se apareció la Virgen. La lápida que cubría la sepultura de Oureana-Fátima y de su madre espiritual la reina Mafalda de Saboya se conserva en la cripta del santuario. Portugal fue, además, donde exiliaron el primer artífice de la Revolución Italiana, el rey de Cerdeña Carlos Alberto de Saboya Carignano y el último soberano de la Casa de Saboya, el rey Humberto I.

El capítulo final del libro se titula precisamente El legado de Humberto I: personaje trágico y melancólico que expió y redimió las culpas de sus antepasados directos.

El 2 de junio de 1946 se celebró en Italia un referéndum que adjudicó la victoria a la República, no menos fraudulento que el plebiscito que en 1859 había concedido la victoria al Piamonte saboyano. Humberto II abandonó Italia en un avión que despegó de Ciampino el 13 de junio de 1946 pero sin abdicar. En ningún momento renunció a sus derechos soberanos, que continuó ejerciendo discretamente en el exilio. Según una confidencia del marqués Fausto Solaro del Borgo recogida por Cristina Siccardi, la partida del monarca se debió a una petición de Pío XII, que en la medianoche del 10 de junio lo recibió en secreto en el Vaticano. «Allí estuvieron durante dos horas, y el regreso al palacio del Quirinal tuvo lugar en el más absoluto silencio. Aquella noche el Papa pidió al Rey que abandonara Italia a fin de evitar una masacre».


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El 25 de marzo de 1983, día en que inauguraba el Jubileo Extraordinario de la Redención proclamado por Juan Pablo II, el Sumo Pontífice tuvo noticia de que Humberto II, fallecido hacía una semana, «había dispuesto entre sus últimas voluntades que la Sábana Santa, que se conservaba en la catedral de Turín, se donase en plena propiedad al Romano Pontífice». El Papa quedó conmovido por este gesto, mediante el que se confiaba definitivamente a la Iglesia una de las reliquias más insignes de la Pasión; decidió que la Síndone permaneciera en la catedral de Turín y nombró custodio de ella al arzobispo de la ciudad.

Humberto II no dejó testamento alguno, ni público ni privado. Sólo dejó un testamento espiritual que concluía con la voluntad de donar a la Iglesia el bien más valioso de la Casa de Saboya. Cristina Siccardi comenta: «No fue un gesto mediático típico de la tradición saboyana, sino una demostración para la posteridad de que el monarca exiliado concluía su vida con un homenaje extraordinario a Santa Iglesia Romana» (p. 362).

Aquel gesto fue el epílogo que rubricó la historia de una dinastía católica.


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