¿Es siempre injusta la guerra?

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Por Roberto de Mattei

Cristina de Magistris explicó a la perfección el pasado 16 de noviembre en Corrispondenza romana en qué consiste la paz cristiana. El imperativo moral de la Iglesia es la paz, que es un precepto de derecho divino. Con todo, la paz no es la mera ausencia de guerra, aunque se funda en el orden establecido por Dios. Sólo un estado que promueve, o al menos respeta, este orden puede disfrutar de tranquilidad política y social.

Para alcanzar la paz no basta con invocar una idea puramente humana de fraternidad entre las personas. Es más, con frecuencia se obtiene el resultado contrario. El siglo XX, el más cruento de la historia, se inauguró en nombre del mito de la paz y la fraternidad universal, pero ya Benedicto XV, cuando ya había estallado la Primera Guerra Mundial, amonestó: «Nunca quizá se habló tanto como en nuestros días de la fraternidad humana (…) Pero, en realidad, nunca se han tratado los hombres menos fraternalmente que ahora» (Encíclica Ad Beatissimi, del 1° de noviembre 1914). Y tampoco es suficiente confiar la paz a instrumentos humanos para alcanzarla. Pío XI, en la encíclica Caritate Christi compulsi del 3 de mayo de 1932, advertía que no servirán «ni los tratados de paz, ni los más solemnes pactos, ni los convenios o conferencias internacionales, ni los más nobles y desinteresados esfuerzos de cualquier hombre de Estado, si antes no se reconocen los sagrados derechos de la ley natural y divina».

Si todos son hermanos, se pregunta Santiago, ¿por qué hay guerras y disputas? El propio apóstol responde a esta pregunta con estas palabras: «De vuestras pasiones, que luchan en vuestros miembros» (Stg.4,1). Todo trastorno, sea individual o colectivo, procede de las pasiones desordenadas, entre las que se cuenta los impulsos hacia el pecado inherentes al hombre de resultas del pecado original y de la triple concupiscencia que denuncia el Evangelio: la de la carne, la de los ojos y la soberbia de la vida (1 Jn.2,16). Estas profundas tendencias son la raíz de las guerras, las revoluciones y todo cataclismo social. El Magisterio de la Iglesia enseña que las causas profundas y auténticas de la guerra no son de orden político ni económico, sino espiritual y moral, y resultan de vulnerar el orden natural y cristiano. En resumidas cuentas: del abandono de la Ley de Dios en la vida individual, nacional e internacional.

En la encíclica Summi Pontificatus del 20 de octubre de 1939, Pío XII enseña que «la fuente primaria y más profunda de los males que hoy afligen a la sociedad moderna brota de la negación, del rechazo de una norma universal de rectitud moral, tanto en la vida privada de los individuos como en la vida política y en las mutuas relaciones internacionales; la misma ley natural queda sepultada bajo la detracción y el olvido. Esta ley natural tiene su fundamento en Dios, creador omnipotente y padre de todos, supremo y absoluto legislador, omnisciente y justo juez de las acciones humanas». La paz, subraya Juan Pablo II, se apoya «en el orden racional y moral» de la sociedad, con Dios como fundamento (mensaje con ocasión de la Jornada Mundial de la Paz, 1º de enero de 1982).

El relativismo, que se opone a la ley natural y divina, es la causa de todas las tensiones y revueltas sociales. Para el concepto hoy predominante, no existe una norma moral universal y no hay otra ley que la autodeterminación de los individuos y los estados. Una vez desmantelado el orden natural, la ley del derecho es sustituida por la del más fuerte, o sea de la violencia, ya que es precisamente el respeto o la transgresión del derecho lo que distingue entre fuerza y violencia.

Si el derecho lo impone, el empleo de la fuerza puede ser legítimo. No toda guerra es injusta en sí, según explica el teólogo Francisco Suárez, el Doctor Eximio, que dedica a este tema la disputa XIII de su tratado De charitate. La guerra, escribe Suárez, «no es intrínsecamente mala ni está prohibida a los cristianos. Esto es una verdad de fe contenida en las Escrituras, porque en el Antiguo Testamento se alaban guerras que libraron hombres muy santos: “¡Bendito sea Abram del Dios altísimo, Señor del cielo y de la tierra! ¡Y bendito sea el Dios altísimo, que puso tus enemigos en sus manos!”  (Gén. 14,19-20). Se leen pasajes análogos sobre Moisés, Josué, Sansón, Gedeón, David, los Macabeos y otros a quienes mandó Dios en numerosas ocasiones hacer la guerra a los enemigos de los judíos. Por su parte, San Pablo dice que esos santos conquistaron imperios en favor de la Fe. Y lo mismo confirman otros testimonios de los Santos Padres citados por Graciano, y San Ambrosio en varios capítulos de su libro sobre los deberes».

La guerra defensiva –distingue el teólogo– es la que repele una agresión injusta mientras ésta se lleva a cabo. La agresiva u ofensiva es la que se emprende para reparar una ofensa ya cometida. El criterio para distinguir no depende la justicia o injusticia de la guerra, sino de la iniciativa de recurrir al uso de la fuerza. En el primer caso es de quien comete la injusticia, y quien hace la guerra está obligado a defenderse; en el segundo, toma la iniciativa

la víctima de la injusticia, que recurre a la fuerza tras haber agotado todos los medios para obtener reparación. La guerra de agresión no es por tanto mala en sí, pero puede ser buena y necesaria, siempre que se recurra a ella cuando no exista otro medio y que la agresión sea tan grave que obligue a recurrir a un medio que arrastra tantas consecuencias.

Constantemente ha enseñado la Iglesia la legitimidad de las guerras que se libran por una causa justa. Su doctrina tradicional se puede resumir en estos términos: en cuanto uso de la fuerza, la guerra en sí no es ni buena ni mala; será una cosa u otra dependiendo de sus fines. Es ilícita para quien la libra por una causa justa y como es debido. En concreto, la guerra defensiva contra un agresor injusto es siempre lícita, porque los pueblos, lo mismo que los individuos, tienen el derecho natural de recurrir a la legítima defensa.

Ante la dramática realidad de un conflicto que ensangrienta Europa, la cuestión de fondo consiste en determinar si existen bienes espirituales o morales que ameriten defenderse aun a costa de sufrir los horrores de la guerra moderna. A la hora de escoger entre bienes legítimos pero de cualidad diversa, como es el bienestar material del propio pueblo, los jefes de estado deberán anteponer en todo momento los bienes superiores a los inferiores, aun al precio de sacrificar estos últimos en una guerra. Es más, para las almas cristianas, la guerra y la muerte no son necesariamente el mayor de los males. Como señalaba Romano Amerio, la guerra solo es el mal extremo para quien asume el concepto religioso que considera el bien supremo de la vida. Pero para quien por el contrario declara la primacía de la vida del espíritu sobre la materia, la proporción entre los males causados por la guerra y el bien que se aspira a defender con ella está siempre a favor del bien, en tanto que el derecho reivindicado y el agravio revistan importancia. El cristiano puede tolerar la existencia de un mal, pero no lo desea ni lo comete ni siquiera por un motivo grave a fin de obtener un bien. En el caso de la guerra, el fin es en todo momento el bien de la paz; los medios que elija para alcanzar dicho fin, aunque se vea obligado a recurrir al empleo de las armas, deberán ser siempre buenos y justos. Sólo en un caso así se podrá afirmar que una contienda es justa y aspirar a restablecer la paz mediante la justicia: opus iustitiae pax (Is 32, 17).

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