El papa Francisco, Dom Guéranger y el sentido cristiano de la historia

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«¿Quién soy yo para juzgar?» Estas palabras del papa Francisco, pronunciadas el 28 de julio de 2013 durante el vuelo de regreso del Brasil respondiendo a un periodista que le pidió su opinión sobre los homosexuales, han pasado a la historia. No representan la actitud subjetiva de misericordia que todo católico debe tener en un caso concreto hacia los pecadores, sino la negativa a expresar con claridad el juicio personal sobre un pecado objetivo condenado por el Catecismo de la Iglesia Católica. Es indudable que «los caminos del Señor son misericordia y verdad » (Salmo 24,10), pero la misericordia sólo se aplica al caso concreto una vez afirmada de forma inequívoca la verdad. No es de extrañar que, aunque dicha frase se entendiera en todo el mundo como un cambio o una atenuación de la doctrina de la Iglesia respecto a la homosexualidad. Entendemos que no fue esa la intención Sumo Pontífice, que se vio presionado a hacer esas declaraciones por el motivo político de agradar a sus interlocutores, pero el resultado fue desastroso.

Las palabras que pronunció el papa Francisco sobre China el pasado 15 de septiembre en el vuelo de regreso de Kazajistán respondiendo a un periodista de La Croix expresan la misma línea política transigente. Para justificar el diálogo de la Santa Sede con el régimen comunista de Xi Jinping, el Papa se negó a calificar a China como país no democrático, minimizando la gravedad al proceso que se está llevando a cabo contra el cardenal Josef Zen: «Calificar a China como antidemocrática, yo no lo creo, porque es un país tan complejo… Sí, es cierto que hay cosas que nos parecen antidemocráticas, eso es verdad. El Cardenal Zen irá a juicio estos días, creo. Y él dice lo que siente, y se ve que hay limitaciones allí. Más que calificar, porque es difícil, y yo no lo considero calificar, son impresiones, intento apoyar la vía del diálogo».

El cardenal Gerhard Müller ha calificado hace poco de injusto y gravísimo el proceso a monseñor Zen y lamentado la falta de mensajes de solidaridad de parte de monseñor Re, decano del colegio cardenalicio, y del Secretario de Estado Parolin, no digamos del Papa. En su informe de este año sobre las principales instituciones internacionales, World Watch, la ONU y Amnistía Internacional ponen de manifiesto los crímenes contra los derechos humanos perpetrados por China. Desde hace cuarenta años, este país ha impuesto por medio del aborto la obligatoriedad de tener un hijo único, y todavía se contabilizan unos 9,5 millones de abortos al año, casi tantos como los 10,6 millones de nacimientos que se registraron el año pasado. La tecnología está al servicio de la represión, y la represión está al servicio de actividades criminales, como el tráfico de órganos. Un estudio publicado en 2020 y costeado por la fundación Victims of Comunism Memorial denuncia con abundantes testimonios el asesinato de presos políticos chinos, al objeto de facilitar sus órganos a hospitales que trasplantan corazones, hígados, pulmones y riñones a pacientes nacionales y extranjeros.

El papa Francisco se niega a calificar de antidemocrática la dictadura comunista china, pero tiene la obligación de calificar, juzgar, definir y discernir lo verdadero de lo falso, la justicia de la injusticia. Y tiene que hacerlo ateniéndose a una regla precisa: los intereses de la Iglesia fundada por Jesucristo, cuyo Vicario en la Tierra es el Sumo Pontífice. El Papa, como cualquier otro católico, no debe juzgar según criterios políticos, sociológicos ni filosóficos, sino sobrenaturales. Nos lo recuerda Dom Guéranguer en un valiosísimo librito de rabiosa actualidad recién traducido al inglés (The Christian Sense of History, Calx Mariae Publishing, Londres 2022, prologado por el padre Albert M. Schmitt, monje de Solesmes). En Italia lo publicó Edizioni Piane en 2005.

Dom Prosper Guéranger nació el 4 de abril de 1805 cerca de la abadía benedictina de Solesmes, secularizada en 1790 durante la Revolución Francesa, y falleció el 30 de enero de 1875 después de restaurar la abadía, y junto con ella, la orden benedictina. En 2005 se incoó su causa de beatificación en la diócesis de Le Mans. A los pocos meses de su fallecimiento, Pío IX publicó un breve en su honor, en el que afirmaba que Guéranger, «dotado de vasto  genio, maravillosa erudición y profundos conocimientos de las reglas canónicas, se dedicó a lo largo de su vida a defender valerosamente con sus valiosísimos escritos la doctrina de la Iglesia Católica y las prerrogativas del Sumo Pontífice» (Breve Ecclesiasticis viris del 19 marzo 1875).

Don Guéranguer fue representante de la corriente ultramontana, que en Francia contó entre sus filas con personalidades como Louis Veuillot y el cardenal Pie, en Inglaterra con el padre Frederick  Faber y el cardenal Manning, y en España con San Antonio María Claret. Se conocía como ultramontanos a los que apoyaban entusiásticamente los grandes actos del pontificado del beato Pío IX, como la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción (1854), la condena del liberalismo mediante el Syllabus (1864) y la definición del dogma del primado e infalibilidad del Romano Pontífice (1970).

En El sentido cristiano de la historia, Dom Guéranger recalca que el católico no debe limitarse a hacer una interpretación humana y naturalista de los hechos históricos, porque Dios nos ha llamado a un destino sobrenatural. Desprovista de la Fe, la razón no es capaz de entender dicho destino: «La revelación sobrenatural no era necesaria en sí; el hombre no tenía derecho a ella. Pero Dios la dio y promulgó; desde entonces, la naturaleza no basta por sí sola para explicar al hombre» (p.10 ). De ahí que, para Dom Guéranguer, «todo sistema histórico que prescinda del orden sobrenatural para exponer e interpretar los hechos es falso, no explica nada y sume la historia de la humanidad en el caos y la contradicción permanentes» (p.12). Las debilidades y abusos cometidos por eclesiásticos no sorprenden al historiador católico, que sabe reconocer el rumbo, el espíritu y el sentido divino de la Iglesia. No se fija en el aspecto político de los acontecimientos, sino que «llama bueno a lo que la Iglesia juzga bueno y malo a lo que Iglesia considera malo» (p.18 ): «el cristiano juzga los hechos, los hombres y las instituciones desde el punto de vista de la Iglesia; no es libre para juzgar de otra manera. Ahí radica su fuerza» (p. 57).

La Iglesia siempre está en pie a pesar de los ataques internos y externos a los que está sometida. «No la afectan las herejías, escándalos, deserciones, conquistas y revoluciones; es expulsada de un país y entra en otro. Siempre es visible, siempre católica, siempre conquistadora y siempre es puesta a prueba» (p.26).

Tras el regreso del Papa de Astaná, donde participó en el séptimo congreso de los dirigentes de religiones mundiales, ¿cómo no evocar la verdad de las críticas palabras de Dom Guéranguer contra esos «terrenos neutrales en los que se encuentran creyentes y no creyentes en una suerte de congresos de los que todos salen igual que entraron?» (p.85). La sociedad no necesita encuentros interreligiosos, sino de doctrinas coherentes y de católicos que no cedan en sus convicciones.

Si hay posibilidad de salvación para la sociedad, la encontrará en la firmeza de los cristianos (p. 64 ). Ciertamente existe una gracia que está «ligada a la plena y total profesión de fe» (p. 64 ): «El cristiano no sólo tiene el deber de creer, sino también el de proclamar aquello en lo que cree» (p.55). Lo que tienen que proclamar ante el mundo el Papa, los obispos y los sacerdotes es que Jesucristo es Rey de la historia y único Salvador.

«Consideremos, pues, a la humanidad en su relación con su jefe Jesucristo. No lo olvidemos nunca al juzgar y al narrar la historia. Y cuando fijemos la vista en el mapa, tengamos presente ante todo que contemplamos el imperio de Dios-hombre y de su Iglesia» (p.28).

En estos tiempos de naturalismo y secularización, el texto de Dom Guéranguer nos recuerda que el destino del género humano no es terrenal sino celestial. Sólo la Iglesia tiene las llaves que abren las puertas al destino sobrenatural del hombre. Los demás caminos son todos falsos y engañosos por muy buenas que sean las intenciones de quienes los recorren.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

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