El fin y los medios

SantisimaTrinidad
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SantisimaTrinidad(Roberto de Mattei, tradiciondigital.es)  En el mundo desequilibrado en el que vivimos, muchos de los comportamientos erróneos nacen de la confusión de ideas y de conceptos. Una de las principales equivocaciones concierne la relación entre el fin y los medios de los actos humanos. Ya tuvimos ocasión de explicar por qué, para un católico, el fin, aunque bueno, nunca justifica la utilización de medios ilícitos para lograrlo.

No se puede hacer el mal para obtener el bien. El respeto de la ley moral tiene que ser absoluto y no tolera excepciones. Pero existe otro principio fundamental de la vida cristiana: aquello según el cual los medios, por nobles y elevados que sean, nunca prevalecen sobre el fin, sino que deben siempre subordinarse a él. De otra forma, se realizaría una inversión de valores entre el fin y los medios.

Los fines de las acciones humanas pueden ser multíplices y los medios para alcanzarlos aún más numerosos. Pero existe un fin último, del cual todos dependen. Este fin es Dios, causa primera y término último de todo lo que existe; de Él todo deriva y a Él todo vuelve: «alfa y omega, el primero y el último, el principio y el fin», como nos revela el Apocalipsis (22, 13). La gloria de Dios es el único fin de todas las cosas, y también su único bien.

Dom François Pollien (1853-1936) recuerda que Cielo y tierra, Ángeles y hombres, Iglesia y sociedad, gracias y sacramentos, animales y plantas, actividad y fuerza de los seres, acontecimientos históricos y cósmicos, en cuanto criaturas, deben ser considerados instrumentos y nada más que instrumentos, medios con vista a nuestro fin: la gloria de Dios, a la que es conectada nuestra felicidad (“La vita interiore semplificata e ricondotta al suo fondamento”, tr. it. Paoline, Roma 1969, pp. 73-74). Esto es válido para cualquier criatura, incluso para la más alta.

La persona misma del Papa que, en cuanto Vicario de Cristo, es la más noble de las criaturas es instrumento y no fin, y como tal debe de ser utilizado, si no queremos invertir la relación entre los medios y el fin. Es importante subrayarlo en este momento en el que, sobre todo entre los católicos más devotos, hay mucha confusión al respecto. El Catecismo nos enseña que al Papa se debe obedecer, porque la obediencia es una virtud moral que nos sujeta a la voluntad del superior, y entre todas las autoridades sobre la tierra no hay ninguna más alta que la del Papa. Pero también la obediencia al Papa es un instrumento, y no un fin.

En la Iglesia, la obediencia conlleva para el súbdito el deber de cumplir no tanto la voluntad del superior, sino únicamente la de Dios. Por eso, la obediencia no es nunca ciega e incondicional. La obediencia tiene sus límites en la Voluntad de Dios, que se manifiesta en la ley natural y divina, y en la Tradición de la Iglesia, de la que el Papa es custodio y no creador.

La tendencia hoy tan difundida de “infalibilizar” cada palabra, cada acto y gesto del Papa nace de una mentalidad historicista e inmanentista, que busca lo divino en los hombres y en la historia, y que es incapaz de juzgar a los hombres y a la historia a la luz de aquella ley divina y natural que es el reflejo directo de Dios. A la Iglesia de Cristo que trasciende la historia se la sustituye por la iglesia modernista que vive sumergida en la historia. Al magisterio perenne se le sustituye por el magisterio “viviente”, trasmitido por una enseñanza pastoral evocativa, alusiva, que cada día se transforma y tiene su regula fidei en el sujeto de la autoridad y no en el objeto de la verdad transmitida.

Se equivoca quien se dirige al Papa con palabras sarcásticas o irreverentes. Pero el debido respeto que hay que tener hacia el Vicario de Cristo no está dirigido al hombre, sino a Aquél que él representa.  Al hombre, al doctor particular, hasta se puede, en casos excepcionales, resistir. Los católicos fieles se han gloriado de los títulos de “papalinos” o de “papistas” que los enemigos de la Iglesia le han atribuido despectivamente. Pero ningún verdadero católico ha caído nunca en la “papolatría”, que consiste en la divinización del Vicario de Cristo hasta el punto de sustituirlo a Cristo mismo. La papolatría manifiesta la confusión de los medios con el fin y es una actitud psicológica a la que subyace un error doctrinal.

El teólogo pasionista Enrico Zoffoli (1915-1996), en un ensayo suyo sobre “Potere e obbedienza nella Chiesa” (Segno, Roma 1996), nos recuerda que Pedro, el primer Vicario de Cristo, faltó a su deber, no tanto traicionando a la verdad, sino al menos permitiendo que los fieles se quedaran en la duda, confundidos, pero Pablo se atrevió a reprenderlo públicamente (Gal. 2, 11), porque el deber de proceder «con rectitud según la verdad del Evangelio» (Gal. 2, 14) prevalece sobre el otro de obedecer y callar.

La autoridad humana cesa ‒en cuanto a su ejercicio‒  cuando se extralimita de sus confines y ofende a la verdad o no la defiende como y cuanto sería necesario para que no sea traicionada. «Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch. 5, 29), había afirmado el mismo Pedro ante el Sanedrín de Jerusalén. A propósito del comportamiento de Pedro, también Santo Tomás, de acuerdo con san Agustín, considera que nunca se debe renunciar a la verdad por miedo al escándalo: «Veritas numquam dimittenda est propter timorem scandali» (Super epistolam B. Pauli ad Galatas 2, 11-14, lect. 3, n. 80). Contra la obediencia se puede pecar por exceso, obedeciendo a cosas ilícitas, o por defecto, desobedeciendo a aquellas lícitas.

Ante una orden injusta, si la orden perjudica la ley divina y natural, o el bien común, el heroísmo se demuestra en la resistencia: obedecer sólo sería servilismo. No hay que tener miedo en este caso. El padre Enrico Zoffoli recuerda que ninguna censura ‒incluso si es pontificia‒ tiene valor alguno si se funda en argumentos objetivamente falsos, o no concierne el ámbito de la fe y de las costumbres (“Potere e obbedienza”, p. 50). De hecho, según el Derecho canónico, «nadie puede ser castigado, si la violación externa de la ley o del precepto que él ha cometido no sea gravemente imputable por dolo o por culpa» (Can.1321).

El criterio por el cual un fiel puede resistir a una orden injusta de la suprema autoridad eclesiástica no se fundamenta en el libre examen, que afirma el principio de la independencia de la razón humana de toda autoridad, sino más bien en el sensus fidei común a todo bautizado, es decir, en aquella fe que hace de cada católico un hombre libre al servicio de la Verdad. Si, por ejemplo, un Papa quisiera imponer el rezo común con los musulmanes, abrogar el Rito romano antiguo, introducir el matrimonio de los sacerdotes, sería necesario oponer una respetuosa y al mismo tiempo firme resistencia. El sensus fidei se opondría a esto, pero tanto más fuerte fuese la oposición, tanto más ella debería estar acompañada de un renovado amor hacia el Papado, a la Iglesia y a su Fundador Jesucristo.

Entre Dios y las criaturas existe una cascada inagotable de mediaciones, o sea de medios, a través de los que las criaturas pueden alcanzar con más facilidad su fin. Después de Jesucristo, Hijo de Dios y Dios Él mismo, al cual todo se configura, hay una sola mediación perfecta, la de la Beatísima Virgen María, Madre de Dios, corredentora y mediadora de todas las gracias, concebida sin pecado original, e inmune por tanto de todo error y pecado. La Virgen, Hija elegida de Dios, Madre del Hijo, Esposa del Espíritu Santo, es considerada por los teólogos como un «complementum Trinitatis» desde toda la eternidad. Ella y sólo Ella, después de Jesucristo, es la perfecta Mediadora.

En los momentos de dudas, de confusión, de oscuridad, el cristiano levanta los ojos hacia el fin y se abandona con confianza al medio por excelencia, el único siempre infalible, para alcanzar la meta: la Beata Virgen María, Aquella que sola, en la noche del Sábado Santo, no vaciló y, mientras los apóstoles huían, reasumió en sí la fe de la Iglesia naciente.

Roberto de Mattei

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