El consistorio de 2022: una gran oportunidad perdida

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FONTE IMMAGINE: La Fede Quotidiana (https://www.lafedequotidiana.it/)
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Roberto de Mattei

Entre gracia y naturaleza existe una relación análoga a la que se da entre fe y razón. Hay un desequilibrio cuando la fe está separada de la razón o la gracia de la naturaleza, y viceversa, pero el equilibrio perfecto no consiste en equiparar las realidades mencionadas, sino todo lo contrario: en ponerlas en su orden legítimo, subordinando la naturaleza a la gracia, que se cimenta en la primera, así como la fe en la razón, que no obstante está sometida a la fe.

Esto nos ayuda a entender qué significa espíritu de fe espíritu sobrenatural con tal que remita a la primacía de la fe sobre la razón o de la gracia sobre la naturaleza. Significa no prescindir del indispensable cometido de la razón y la naturaleza, sino verlo todo con los ojos de la fe, esperando incluso lo imposible de la acción de la gracia.

Hoy en día ese espíritu de fe está perdido en el pueblo cristiano, empezando por los más alto de la jerarquía. El espíritu sobrenatural de fe ha sido sustituido por el espíritu político, con el que los cristianos pretenden entender la realidad con la mera razón e intervenir en ella sin recurrir a la acción decisiva de la gracia.

El papa Francisco ha recordado en diversas ocasiones que los verdaderos reformadores de la Iglesia son los santos, no obstante lo cual su manera de abordar los grandes temas del mundo se muestra siempre política, y por consiguiente más mundana que sobrenatural e impulsada por el espíritu de fe. Esta actitud política ha sido la nota dominante en el consistorio que se acaba de celebrar en el Vaticano los días 29 y 30 de este mes de agosto, con la presencia de casi 180 purpurados, el cual ha sido una gran oportunidad perdida de afrontar los graves problemas que actualmente aquejan a la Iglesia. Oficialmente, el encuentro de cardenales se centraba en la reforma de la Curia propuesta por la nueva constitución apostólica Praedicate Evangelium, pero en la práctica el Papa impidió a los cardenales pronunciarse en la reunión sobre ése y otros temas, poniéndoles, como se suele decir, una mordaza.

Un consistorio es una reunión del Papa con los cardenales, que según el Código de e Derecho Canónico (cánones 349-359) son sus principales consejeros. Desde hace al menos siete años, el papa Francisco no permite que en estos solemnes encuentros tomen la palabra los purpurados para expresar su opinión. Todos esperaban poder hacerlo en la reunión de finales de agosto, pero por decisión del Sumo Pontífice, el Consistorio se fragmentó en varios grupos según sus idiomas, lo cual supuso una traba para los cardenales e impidió el diálogo franco y directo que no tenía lugar desde febrero de 2014.

Esta verdad nos la recuerda un eminente purpurado y gran historiador, el cardenal Walter Brandmüller. Su voz, que no pudo hacer oír en el aula del Consistorio, está resonando fuera. El vaticanista Sandro Magister nos la ha dado a conocer al publicar la intervención que el cardenal había preparado y no se permitió leer (http://magister.blogautore.espresso.repubblica.it/2022/08/31/exclusivo-brandmuller-en-el-consistorio-el-papa-quiere-cerrar-la-boca-a-los-cardenales/).

En su documento,  Brandmüller recuerda la función de los cardenales según el derecho canónico, que antiguamente tenía su expresión simbólica en rito de aperitio oris, de apertura de la boca. Rito que, según el purpurado, «significaba el deber de pronunciar con franqueza la propia convicción, el propio consejo, especialmente en el consistorio. Esa franqueza –el papa Francisco habla de parresía— que era especialmente querida por el apóstol Pablo. Pero ahora, lamentablemente, esa franqueza es sustituida por un silencio extraño. Esa otra ceremonia, la del cierre de la boca, que seguía a la aperitio oris, no se refería a las verdades de fe y de moral, sino a los secretos del oficio​»​.

​»Sin embargo​ –agrega monseñor Brandmüller–,​ hoy deberíamos subrayar el derecho, más bien el deber, de los cardenales de expresarse con claridad y franqueza precisamente cuando se trata de las verdades de fe y de moral, el bonum commune de la Iglesia. La experiencia de los últimos años ha sido muy diferente. En los consistorios –convocados casi sólo para las causas de los santos– se repartían tarjetas para pedir la palabra y se sucedían las intervenciones obviamente espontáneas sobre cualquier tema, y eso era todo. Nunca hubo un debate, un intercambio de argumentos sobre un tema concreto. Obviamente, un procedimiento completamente inútil​», que a pesar de la primacía del sucesor de San Pedro no excluye en absoluto «un diálogo fraterno con los cardenales, quienes “tienen el deber de cooperar diligentemente con el Romano Pontífice” (canon 356). Cuanto más graves y urgentes son los problemas de gobierno pastoral, más necesario es el involucramiento del Colegio Cardenalicio​»​.

​Como historiador que es de la Iglesia, el cardenal prosigue: ««Cuando Celestino V, dándose cuenta de las especiales circunstancias de su elección quiso renunciar al papado en 1294, lo hizo después de intensas conversaciones y con el consentimiento de sus electores.​ Una concepción totalmente diferente de las relaciones entre el Papa y los cardenales fue la de Benedicto XVI, quien –caso único en la historia– renunció al papado por razones personales, sin el conocimiento del colegio de cardenales que lo había elegido.​ Hasta Pablo VI, que aumentó el número de electores a 120, sólo había 70 electores. Este aumento del colegio electoral a casi el doble estuvo motivado por la intención de atender a la jerarquía de los países que estaban lejos de Roma y honrar a esas Iglesias con la púrpura romana.​ La consecuencia inevitable fue que se crearon cardenales que no tenían experiencia de la Curia romana y, por tanto, de los problemas del gobierno pastoral de la Iglesia universal.​ Todo esto tiene consecuencias graves, cuando estos cardenales de las periferias son llamados a la elección de un nuevo Papa»​.​

La situación actual es que «​muchos, si no la mayoría de los electores, no se conocen personalmente. Sin embargo, están allí para elegir entre uno de ellos al Papa. Es claro que esta situación facilita las operaciones de los grupos o clases de cardenales para favorecer a uno de sus candidatos. En esta situación, no se puede excluir el peligro de simonía en sus diversas formas.​ P​ara terminar, me parece que merece una seria reflexión la idea de limitar el derecho de voto en el cónclave, por ejemplo, a los cardenales residentes en Roma, mientras que los demás, también cardenales, podrían compartir el estatus de cardenales mayores de 80 años​»​.

​Palabras claras e inequívocas que deben hacer reflexionar a todo el Colegio Cardenalicio.

La negativa del papa Francisco a conceder la palabra a los cardenales es fruto de la actitud política y mundana de su pontificado. Teme que un debate libre y abierto debilite el ejercicio de su poder, y no se da cuenta de que la verdad jamás puede perjudicar a la Ig​lesia ni a las almas sometidas a Ésta. El espíritu de fe, que se opone al político, consiste precisamente en  buscar  todo lo más elevado, lo que más se ajusta a la gloria de Dios y al bien de las almas, guiándose en todo momento por las exigencias del Evangelio.

La alternativa está entre​ la Verdad del Evangelio y el poder del mundo. ​Proclamar la verdad evangélica no significa hablar de inmigración ni de emergencia climática, sino de los Novísimos –muerte, juicio, infierno y gloria– y de la Divina Providencia, que regula todas las actividades del universo creado. Proclamar el Evangelio significa condenar con la voz de la Iglesia el pecado, sobre todo el pecado público, empezando por el aborto y las doctrinas LGTB, que el mundo considera conquistas civiles. Significa hablar de santidad, no de sinodalidad, porque las reformas necesarias en el seno de la Iglesia tienen que partir de la santidad y no de mecanismos políticos: de la reforma de los hombres que la integran, no de su divina e inmutable constitución.

​Un manto de silencio ha caído sobre el Consistorio. Y el silencio de quienes debían hablar​ es el mayor castigo que puede infligir Nuestro Señor a su Iglesia.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

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