El cardenal Müller clausura la exitosa peregrinación a Chartres: «La descristianización de Europa es el programa actual de quienes quieren robarle el alma»

Chartres
Print Friendly, PDF & Email

La peregrinación de corte tradicionalista ha vuelto a evidenciar que en Francia hay una juventud católica comprometida con la fe sin miedos ni tapujos y que está en auge.

Año tras año, la afluencia de gente se va superando hasta alcanzar en esta edición del 2024 los casi 20.000 peregrinos. Familias enteras, y especialmente muchos jóvenes, han recorrido andando durante el fin de semana los 100 kilómetros que separan París de Chartes. Como es habitual, los organizadores agradecieron el apoyo paternal de Matthieu Rougé, obispo de la diócesis de Nanterre.

Este año, el punto y final lo ha puesto como invitado especial el cardenal Müller, ex prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe que ha sido el encargado de celebrar la Misa final de la peregrinación en la catedral de Chartes.

Les ofrecemos la homilía completa pronunciada por el cardenal en español:

¡Queridos hermanos y hermanas en la fe en Jesucristo, el Hijo de Dios!
Para ver a Dios, debemos seguir a Cristo a lo largo del camino de nuestras vidas, hasta nuestro destino en el hogar eterno. Jesús no es un profeta cualquiera, un creador de sentido o un productor de valores, sino la Palabra de Dios hecha carne. Sólo Él podía decir a sus discípulos: «El que me ve a mí, ve al Padre» (Jn 14,9).

La maravillosa consecuencia de la encarnación del Verbo de Dios en la naturaleza humana y en la historia de la vida de Jesús es que podemos reconocer la gloria de Dios en el rostro humano de Jesús. El Logos, o Verbo y Razón de Dios, es la luz que ilumina a toda persona. Jesucristo nos conduce con seguridad al sentido y la finalidad de nuestra vida, cuando veremos a Dios cara a cara.

Y la procesión litúrgica de tantos miles de jóvenes (y no tan jóvenes) cristianos desde París hasta esta magnífica catedral de Chartres representa simbólicamente la peregrinación de la Iglesia a la Jerusalén celestial.

En la Sagrada Eucaristía, que ahora celebramos juntos, la Iglesia anticipa sacramentalmente el banquete nupcial celestial de todos los redimidos con el Cordero de Dios, que se ofreció históricamente y «de una vez por todas» (Hb 9, 12) en el altar de la cruz por nuestra salvación.

Las dificultades físicas superadas durante nuestra peregrinación, y las tentaciones del alma y las dudas del corazón vencidas, profundizan y fortalecen la esperanza de los creyentes de que están en el camino correcto hacia el Reino de Dios, en el que su justicia, bondad y amor constituyen la base del nuevo orden del mundo. Los Padres del Concilio Vaticano II, refiriéndose a la gran teología de la historia de San Agustín en su obra La Ciudad de Dios, describen así la peregrinación de la Iglesia hacia el Dios Trino:

«La Iglesia avanza en su peregrinación a través de las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios, anunciando la cruz y la muerte del Señor, hasta que Él venga. La virtud del Resucitado es su fuerza, que le permite superar con paciencia y caridad las aflicciones y dificultades que le vienen tanto de fuera como de dentro, y revelar fielmente en medio del mundo el misterio del Señor, todavía envuelto en sombras, hasta el día en que, por fin, estalle a plena luz». (Lumen Gentium 8).

Así, por un lado de nuestra peregrinación terrestre, están las persecuciones de las que ha sido víctima la Iglesia, como ante su mismo jefe y maestro. Desde los comienzos del cristianismo en la Galia romana, muchos cristianos de Lyon y de Vienne fueron sometidos a todo el arsenal de la hostilidad a la fe católica, desde la calumnia pública hasta la ejecución más cruel, a manos de las masas enardecidas del pueblo y de las autoridades del Estado. El mero hecho de confesar a Cristo les exponía a la muerte.

Aún hoy, los cristianos son la comunidad religiosa más perseguida de la historia de la humanidad. La descristianización de Europa es el programa actual de quienes quieren robarle el alma y convertirla en víctima de su ateísmo posthumanista.

Pero según la interpretación cristiana, la historia no es un campo de batalla de luchas por el poder, la riqueza y el disfrute egoísta de la vida. Eusebio de Cesarea, en el Libro V de su Historia de la Iglesia, donde habla del martirio de los cristianos en Lyon en tiempos del emperador Marco Aurelio, dice por el contrario que ve la historia de la Ciudad de Dios como una lucha pacífica por la paz del alma y la salvación de todos. Los héroes del cristianismo no son, como en la historia secular, emperadores y generales, sino luchadores por la verdad y la fe. Los cristianos no luchan contra otras personas, sino contra el mal en sus propios corazones y en el mundo. Luchan por la paz mundial y la justicia social.

Un brillante ejemplo de ello es el sacerdote Franz Stock, cuyos restos descansan aquí en Chartres, en la iglesia de Saint-Jean-Baptiste, y que fue un gran pacificador, en particular entre Alemania y Francia tras las dos devastadoras guerras mundiales. Reunió a seminaristas alemanes entre los prisioneros de guerra para estudiar teología. Y fue rector del famoso «Séminaire des barbelés de Chartres», del que salieron 600 sacerdotes y obispos.

En resumen: el principio de toda ética es la dignidad de todo ser humano como persona creada por Dios y destinada a la vida eterna.
Y luego, al otro lado de nuestra peregrinación hacia Dios, están los consuelos de Dios. Con su ayuda, avanzamos con valentía y miramos hacia arriba con esperanza, a pesar de todos los desafíos externos y de la tentación de la resignación y del exilio interior del alma.

«No temáis, yo he vencido al mundo». (Juan 16, 33). El Señor crucificado y resucitado lo repite cada día a sus discípulos, que salen a su encuentro en el camino de su vida personal, en comunión con toda la Iglesia peregrina. Quienes viven convencidos de que Dios los eligió desde toda la eternidad, los redimió en Jesucristo y los destinó a la felicidad y la paz eternas, son inmunes a la propaganda y al opio de las religiones políticas sustitutivas. La autodestrucción mediante el suicidio y la eutanasia, las drogas y el alcohol, o el rechazo de nuestra sexualidad masculina o femenina, no son opciones para los cristianos. Y defendemos sin miedo el derecho a la vida de todo ser humano, desde la concepción hasta la muerte natural, su dignidad inviolable y la libertad civil, ética y religiosa de toda persona.

El bienestar temporal y la salvación eterna proceden de Dios, que con su gracia nos ha salvado del poder destructor del mal. Dios nos ha llamado en el Espíritu Santo y nos ha capacitado para cooperar en la construcción del reino de justicia, amor y paz.

El verdadero consuelo, el que nos sostiene en la vida y en la muerte, es el conocimiento de la verdad de la relación entre Dios y el hombre: «Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna». (Jn 3,16).

A menudo se considera a la Iglesia de Cristo como un pequeño rebaño, una minoría perseguida y no reconocida. Pero en realidad, en Jesucristo, es la sal de la tierra, la luz del mundo, la vanguardia de toda la humanidad en camino hacia su meta.

La única y verdadera meta de la historia es «un cielo nuevo y una tierra nueva: la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que desciende del cielo, preparada como una esposa ataviada para su marido». (Ap 21:2)

«El trono de Dios y del Cordero será erigido en la ciudad, y los siervos de Dios lo adorarán; verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes. Verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes. Ya no habrá noche; no necesitarán lámpara ni sol que los alumbre, porque el Señor Dios derramará su luz sobre ellos, y reinarán por los siglos de los siglos. Amén. (Ap 22,2).

¡Christus vincit! ¡Christus regnat! ¡Christus imperat in saecula!

Iscriviti a CR

Iscriviti per ricevere tutte le notizie

Ti invieremo la nostra newsletter settimanale completamente GRATUITA.