Derechos y deberes del hombre

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Por Roberto de Mattei 9/02/2022

Hoy en día se oye hablar mucho de dignidad y sobre todo de los derechos del hombre.

El punto de referencia es la Declaración de los derechos del hombre promulgada por la Revolución Francesa el 26 de agosto de 1789. A este documento, en el que se cimentan las libertades modernas, siguió la Declaración universal de derechos proclamada por la ONU el 10 de diciembre de 1948 y posteriormente la Carta de derechos fundamentales de la Unión Europea aprobada en Niza el 7 de diciembre de 2000 y declarada vinculante por la UE el 12 de diciembre de 2007.

Las mencionadas declaraciones de derechos sancionan la autodeterminación del hombre, independientemente de que exista una ley natural divina que trascienda su persona. Ello explica que a los derechos originales de la Revolución Francesa se hayan añadido tras los de Niza derechos posmodernos como el aborto, el libre ejercicio de toda forma de sexualidad, el suicidio y otros por el estilo.

La invocación de los derechos humanos, modernos y posmodernos, siempre ha constituido un punto de referencia para la cultura política de izquierda, pero actualmente esos derechos también son reivindicados por un sector de la derecha política que acusa a las autoridades que dominan la sociedad occidental de vulnerar los derechos humanos, sobre todo a raíz de la pandemia coronavírica.

Ahora bien, con relación al virus y a la estrategia política y sanitaria con que afrontarlo puede haber diversidad de ideas.

Con todo, es necesario dejar claro que la moral católica y la doctrina social de la Iglesia no tienen su carta fundamental en los derechos del hombre de 1979 ni en los de 1948 o los del año 2000.

La carta fundamental del cristiano son los Diez Mandamientos, que en todo caso no son una carta de derechos, sino una tabla -mejor dicho, dos- de deberes. Digo dos tablas porque la primera abarca los deberes para con Dios y la segunda los deberes para con el prójimo. Estas dos tablas forman el Decálogo de la ley natural y divina fueron entregados por Dios mismo a Moisés en la cumbre del Sinaí.

El Decálogo expresa la sabiduría de Dios, que ha establecido desde la eternidad el orden del universo. Es el modelo ejemplar en que debe basarse el derecho de todas las naciones del mundo, así como la regla teórica y práctica para la vida privada y pública, sin la cual no hay sino desorden, barbarie y caos.

No es el Decálogo una proclamación de los derechos del hombre, sino un compendio de sus deberes para con Dios y con el prójimo. El Decálogo nos dice qué debemos y qué no debemos hacer. Recordemos esos deberes con todo el amor que debemos a Dios y a su Ley:

Yo soy el Señor tu Dios; no tendrás otros dioses aparte de Mí.

No tomarás el nombre de Dios en vano.

Acuérdate de santificar las fiestas.

Honrarás a tu padre y a tu madre.

No matarás.

No cometerás actos impuros.

No hurtarás.

No dirás falso testimonio.

No desearás la mujer de otro.

No codiciarás los bienes ajenos.

De estos deberes derivan nuestros derechos. Por ejemplo, el derecho a la vida tiene su origen en el deber del hombre de no matar a un ser humano inocente. Sin deberes no hay derechos para con el prójimo, y ante Dios el hombre sólo tiene deberes y ningún derecho.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

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