Contemplación del «amor que mueve el sol y las demás estrellas»

Aurora boreale
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Por Roberto de Mattei

De un año para acá se han multiplicado en el mundo fenómenos excepcionales, como eclipses, auroras polares y otros semejantes.

Hace unos meses, el 5 de noviembre de 2023 los cielos de media Europa se iluminaron con una aurora boreal que pudo observarse en Italia desde los Alpes hasta la costa del Adriático. El 25 de marzo pasado, una nueva tempestad magnética produjo sobre nuestro planeta auroras polares visibles sobre distintas latitudes. Y una nueva aurora boreal iluminó entre el 10 y el 11 de este mes de mayo de 2024 no sólo los cielos septentrionales, sino también los de la Europa meridional. Aunque se trata de un fenómeno bastante infrecuente, en los últimos meses decenas de millones de personas han podido asistir en Italia y en otras partes del mundo nada menos que tres veces a tan impresionante espectáculo.

Es indudable que estos sucesos insólitos tienen una explicación natural. Las auroras polares son un fenómeno visual que permite admirar en la atmósfera franjas de diversos colores en movimiento a consecuencia del encuentro entre partículas arrastradas por el viento solar y moléculas gaseosas de la atmósfera terrestre. Los eclipses de la Luna tienen lugar cuando la Tierra se interpone entre ella y el Sol, en tanto que en los solares es la Luna la que se sitúa entre el Sol y la Tierra y oscurece total o parcialmente el astro rey. Ahora bien: más allá de la explicación científica, hay que preguntarse si estos fenómenos no tendrán también un sentido profundo e invisible.

La insuficiencia de un análisis meramente cuantitativo ya fue puesta de relieve por San Agustín en su sermón número 68. Citando el libro de la Sabiduría, fustiga a quienes indagando el cosmos no fueron capaces de encontrar a Aquél que todo lo creó: «”Si pueden alcanzar tanta ciencia y son capaces de investigar el universo, ¿cómo no conocen más fácilmente al Señor de Él?” (Sab.13,9) «Investigaron el curso de los astros, las distancias entre las estrellas, el recorrido de los cuerpos celestes, hasta tal punto que, mediante ciertos cálculos, lograron predecir científicamente los eclipses de sol, de luna, y cuando los predecían, ocurrían en el día y la hora, en la medida y parte anunciada por ellos. ¡Gran habilidad! ¡Gran talento! Pero cuando su investigación se centró en el Creador, que no estaba lejos de ellos, no lo hallaron. Si lo hubiesen hallado, lo tendrían consigo.»

En la Antigüedad y en el Medioevo cristiano se escrutaba el cielo al objeto de averiguar el sentido de los sucesos extraordinarios, como la estrella o cometa que se apareció a los Reyes Magos para anunciar el nacimiento del Salvador. Y cuando murió Jesús en el Calvario, el cielo se oscureció y tembló la tierra (Mt 27, 45-51). Comentan los Padres de la Iglesia que era natural que cayesen las tinieblas sobre la Tierra en el momento en que fue crucificado el que vino a traer la luz al mundo.

En 1917 la Virgen reveló en Fátima a los pastorcitos el castigo que azotaría a la humanidad si no se hacía caso de lo que Ella pedía vendría precedido de una gran señal en el cielo: «Cuando veáis una noche iluminada por una luz desconocida, sabed que es la gran señal que os da el Señor de que se dispone a castigar al mundo por sus crímenes por medio de la guerra, el hambre y la persecución de la Iglesia y el Santo Padre.»

La Segunda Guerra Mundial, que estalló el 1º de septiembre de 1939, fue precedida por dos auroras boreales. Parece que Sor Lucía, que a la sazón residía en el convento de las hermanas de Santa Dorotea en Tuy (Pontevedra, España), identificó la aurora boreal de 1938 con la gran señal que había profetizado por la Virgen: «Dios se sirvió de mí para hacerme entender que su justicia estaba a punto de descargarse sobre las naciones culpables, y comencé a pedir con insistencia la comunión reparadora los primeros sábados de mes y la consagración de Rusia» (Documentos de Fátima, Oporto 1976, p. 231).

Las palabras de la hermana Lucía hacen reflexionar, pero teniendo en cuenta que la Segunda Guerra Mundial fue el principio y no el fin de los castigos de que sería objeto la humanidad por su perfidia, las auroras boreales de 1938 y 39 han de considerarse anticipo y prefiguración de otras señales celestes que vendrán, sin que se tenga claro si su origen será natural o sobrenatural.

Sea cual sea la señal del Cielo anunciada por la Virgen, parece probable que la Divina Providencia lo dará no tanto para convertir a los que estén inmersos en el pecado como cuanto para fortalecer la fe y la esperanza de quienes combaten por la instauración del Reino de María prometido en Fátima.

Es más, dice el Evangelio que ni la resurrección de un muerto habría vencido la incredulidad  de los hermanos del rico Epulón, que rechazaban las palabras de los profetas (Lc. 16, 19-31). ¿Como va a convencer una señal del Cielo, por espectacular que fuese, a quienes se empecinan en rechazar el mensaje profético que dio la Virgen a la humanidad en Fátima?

El 23 de agosto de 1939 los ministros de exteriores soviético y alemán, Viacheslav Mólotov y Joachim von Ribbentrop, firmaron el tratado de no agresión entre los dos países que dio lugar al reparto de Polonia. Ese mismo día, Hitler estaba reunido con sus más estrechos colaboradores en su refugio de los Alpes de Salzburgo. «Aquella noche -escribe Albert Speer, arquitecto del régimen- admiramos desde la azotea un inusitado fenómeno celeste: durante cosa de una hora, una intensa aurora boreal iluminó de luz roja el legendario macizo Untersberg que teníamos enfrente, mientras el cielo sobre nuestras cabezas era una paleta con todos los colores del arcoiris. El acto final de El crepúsculo de los dioses no se habría podido escenificar de un modo más espectacular. Nosotros mismos teníamos el rostro y las manos teñidos de un rojo irreal. Este espectáculo nos infundió una profunda inquietud.» (Memorie del Terzo Reich, trad. it., Mondadori, Milán 1997 p. 196).

Los jerarcas nazis quedaron estupefactos, pero no supieron captar el simbolismo de lo que vieron, al contrario que el escritor Adalbert Stifter (1805-1868), que un siglo antes contempló en Viena el gran eclipse de sol del 8 de julio de 1842. Afirma Stifter que nunca había quedando tan impresionado en su vida, viendo la mano de Dios: «Nunca, ni antes ni después, me conmovió tanto nada como el sublime terror que sentí durante aquellos dos minutos» (Eclissi. Lettere invernali dalla foresta bavarese, tr. it, Clueb, Bolonia 2006, p. 38).

Dios no sólo ha querido desde la eternidad que sucediesen estos portentos; también ha querido inspirarnos un hondo sentimiento de estupor y maravilla que suscita el deseo de descubrir su significado. Es necesario recuperar ese espíritu que nos permite contemplar la sinfonía metafísica del universo de la que habló Plinio Corrêa de Oliveira si queremos restablecer una sociedad profundamente sacralizada y ordenada a Dios.

La pérdida del sentido de lo trascendente en la historia corre parejas con la pérdida del sentido metafísico de la naturaleza. En ambos casos, Dios, creador del Cielo y de la Tierra, es expulsado del universo creado. Elevemos, pues, la mirada al firmamento tratando de captar los mensajes misteriosos que no perciben los astrónomos, pero que no escapan a quien contempla en el universo «el amor que mueve el Sol y las demás estrellas» (Dante, Paraíso, canto XXXIII, 145).

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