El ultraje de Venecia y el Crucifijo de Viena

(, Tradition Digital)  Resulta difícil imaginar un ultraje contra la fe cristiana más blasfemo y provocativo que el que se ha visto en el Festival de Cine de Venecia el 31 de agosto, cuando se proyectó la película Paradise Faith (Fe en el Paraíso), de Ulrich Seidl. La película alcanza su clímax en la secuencia en la que la actriz María Hoffstatter se dedica al autoerotismo utilizando como instrumento un crucifijo. Es inútil entrar en los detalles que son espeluznantes. Pero no está de más recordar que para un cristiano no existe un símbolo más sagrado que el Crucifijo, que representa a Jesucristo, el Hombre-Dios, muerto en la Cruz para redimir los pecados de los hombres. La fe cristiana se resume toda en la predicación de Cristo crucificado.

El escándalo de Venecia no es un episodio aislado, sino que se inserta en el cuadro de una cristianofobia cada vez más extendida. El espectáculo de Romeo Castellucci Sobre el concepto de rostro en el Hijo de Dios, que se representó en Milán el pasado enero, dio el pistoletazo de salida a los ataques de este año. Pero, el Festival de Venecia tiene una caja de resonancia más amplia, un escaparate internacional, que ha visto acudir a periodistas de todo el mundo, para referir, sin indignación alguna, sobre la proyección del film blasfemo, que ha ganado incluso el premio especial del Jurado.

La Santa Sede, el 12 de septiembre, intervino con un comunicado de tono firme: “El respeto profundo de las creencias, los textos, los grandes personajes y los símbolos de las diferentes religiones es una premisa esencial para la convivencia pacífica de los pueblos”. Así lo declaró el  Padre Federico Lombardi, portavoz de la Sala de Prensa del Vaticano. Pero el Padre Lombardi no se estaba refiriendo a la blasfemia de Venecia, sino a otra película: Innocence of muslims, producido en Estados Unidos y considerado como el detonante del estallido de las violentas manifestaciones en Libia y en otros países árabes.

“Las consecuencias gravísimas de las injustificadas ofensas y provocaciones a la sensibilidad de los creyentes musulmanes ―escribió en una nota Padre Lombardi― son evidentes incluso en estos días, por las reacciones que suscitan, llegando también a resultados trágicos, los cuales, a su vez, agudizan la tensión y el odio, desatando una violencia del todo inaceptable”. Lo que ha ocurrido en Libia no habría sido planificado desde hace meses por Al Qaeda en odio contra Occidente, sino que habría sido la inevitable consecuencia de “injustificadas ofensas y provocaciones a la sensibilidad de los creyentes musulmanes”.  Pero ¿por qué no son definidas “injustificadas” las ofensas y las provocaciones a la sensibilidad de los creyentes católicos como las que vimos al Festival de Venecia? ¿Sólo porque no provocan consecuencias, ni gravísimas ni tampoco modestísimas?

Muy pocos se han acordado de que lo que ha ocurrido en Bengasi es consecuencia, no de la sosa película anti-Mahoma, sino de la política franco-americana decidida a ceder el Oriente Medio al Islam; política que, por némesis histórica, tuvo su clímax justo cuando la OTAN prestó su apoyo a los fundamentalistas de Bengasi contra Gaddafi. Y si todo el mundo ha protestado contra el film anti-islámico, que de momento es semi-clandestino y que probablemente nunca se proyectará, nadie ha protestado contra el film anticatólico, el cual sin embargo ha gozado de las luces de uno de los festivales de cine más prestigiosos del mundo y que está destinado a tener una amplia distribución, sin encontrar ninguna oposición.

Hoy, el verdadero problema es éste. No sólo existe la persecución contra los cristianos en los territorios del Islam, sino que existe la cristianofobia también en Occidente. Pero, sobre todo, existe el derrotismo y la complicidad de Occidente frente a esta cristianofobia. Las posiciones autolesivas de los ambientes eclesiásticos, lamentablemente, forman parte de este sistema de complicidades.

Sobre las colinas de Kahlenberg que dominan Viena, el Beato Marcos de Aviano agarraba el Crucifijo como instrumento de lucha y de victoria, para incitar a los combatientes cristianos a liberar la ciudad ocupada por los musulmanes. Hoy, el Crucifijo ha sido reducido a instrumento de sórdido placer por una sociedad hedonista que se autodestruye entregándose al Islam.

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